Cuántas desgracias hubieran sido evitadas en la humanidad si a los solidificadores del Imperio Romano —César, Augusto y Tiberio (con todo y sus defectos)— los hubieran sucedido aquellos mandatarios virtuosos en lo político, respetuosos en lo jurídico y benévolos en lo gubernativo (sin que ello significara flaqueza) que fueron Nerva, Trajano, Adriano y Antonino; y no los últimos re-presentantes de las dinastías Julia y Flavia —Calígula, Claudio, Nerón y otros enanos morales que los siguieron— violentos en lo oficial, disolutos en lo personal y con escasa visión acerca de lo que era en realidad importante para la preservación del imperio.
De haber sucedido tal salto, Roma hubiera pasado de la época de la consolidación institucional a la de la prosperidad económica, el imperio del derecho y la suavidad de las costumbres, sin tener que haberse hundido antes en la abyección moral, la degradación política apoyada por las armas y la penuria económica de la plebis.
Si así hubiese acaecido, la historia del mundo fuese otra y nosotros fuéramos muy distintos. A lo mejor, estuviéramos más atrasados en matemáticas porque los árabes no hubieran conquistado Constantinopla y, por ende, no hubieran creado las universidades que regaron por todo el norte de África, la península ibérica y el oriente próximo. Quizás, por esa misma razón, las enseñanzas de los filósofos del Siglo de Oro griego no hubieran llegado a Occidente, siendo que éstas no nos llegaron por la vía de Grecia y Roma, sino por el Magreb y Al-Andaluz hasta llegar a Francia e Italia. Tal vez, las galeras romanas hubieran frenado a los vikingos en el Paso de Caláis y las legiones a las hordas bárbaras en las riberas del Danubio y del Rin y, por tanto, las influencias escandinavas y eslavas no se hubieran hecho presentes en el occidente europeo y llegado hasta nosotros en el Nuevo Mundo. Quién sabe si —al no haber tenido que enfrentar la vesania de los sanguinarios emperadores flavios, ni consolidarse en las catacumbas— los cristianos no fueran sino una denominación religiosa intrascendente, no muy distintos a los coptos de Egipto y a los monofisitas de Asia Menor. En fin, y por la misma razón que aduje al comienzo de este párrafo, no estuvieran matándose entre sí, por varios siglos, albaneses y serbios, kurdos y turcos, judíos y árabes.
Y así podríamos seguir por muchas horas, en un interesantísimo ejercicio de futurología —que habrá que dejar para otro momento, rodeado de amigos y compartiendo unas cervezas bien frías y unas huevas de lisa bien secas— pero que no nos dejaría nada útil. Por eso, es mejor que aterricemos y tratemos, por la vía del paralelismo, decantar algunas experiencias que puedan evitarnos desagradables sucesos en el porvenir.
Si hacemos abstracción de las distancias, el tiempo y las importancias relativas de ambas; hubo una época en la historia de Roma que se parece a lo que está sucediendo desde hace algún tiempo en Venezuela. Luego de las guerras púnicas, y por sentirse señora del Mediterráneo, Roma hubo de adoptar medidas políticas que trajeron consigo alteraciones en la vida interior de la República. Florecieron las actividades económicas y esto trajo aparejado una dislocación del orden social por la aparición de las grandes fortunas que contrastaban con una creciente pauperización de las masas. Los pequeños producto-res del campo vendieron sus tierras a los poderosos, lo que significó un doble fenómeno indeseado: por un lado, apareció el latifundium; por el otro, los campesinos emigraron a la urbs en busca de una mejoría económica y lo que encontraron fue una existencia más trabajosa, más ingrata, más humillante.
Allí, los rusticus cayeron en las garras, primero, de los políticos populistas que los sobaban y los envilecían para sacarle el suffragium que necesitaban; después, en las de los “reformistas” y los “revolucionarios” —muchos de ellos más impulsados por las ambiciones personales que por el afán filantrópico— que preconizaban ideas políticas exóticas y que anhelaban formas de poder que habían visto en otras latitudes (y les habían sido sugeridas por déspotas autocráticos que en esos lugares mandaban). Para lograr su objetivo, deslumbraron a las masas con promesas poco sensatas, les ofrecieron el cielo en la tierra y, al tiempo que exacerbaban en ellos el reclamo de derechos, les minimizaron el concepto del cumplimiento de los deberes cívicos. Al llegar al poder por esa vía, antepusieron su afán de poder a la felicidad del pueblo —al que seguían lisonjeando con discursos—y el resultado no fue sino un ejercicio autocrático, con exceso de discrecionalidad, del poder ejecutivo, y en una planificada disminución de la importancia del legislativo. Y es que los tiranos —usualmente más criados en la violencia de los campamentos que en la serenidad de la reflexión— tienden a creer que la discusión de las ideas no es para buscar la optimación de los resultados, sino un intento subversivo de poner en duda la sapiencia y las buenas intenciones del jefe.
¡Ah, si los mandatarios de nuestra patria hubiesen sido (y fueran) menos Tiberios y Calígulas! ¡Si hubiera existido más Nervas y Trajanos! Habría, hoy, otro Tácito que pudiera cantar aquello de: “Rara felicidad de los tiempos en los que es lícito para todos sentir como se quiera y hablar como se sienta”,

No hay comentarios:
Publicar un comentario