En estos últimos días, los versos de un autor a quien aprendí a valorar desde bachillerato —eran tiempos en que los profesores de literatura lo iniciaban a uno en el disfrute de los clásicos españoles— han estado repicando sistemáticamente dentro de mi cerebro. Son los de Jorge Manrique. Con toda su carga de lobreguez y melancolía. Con toda su fuerza sombría. Con todo un vigor que lo induce a uno a meditar en asuntos trascendentes. ¿La razón? El reciente fallecimiento de una buena mujer, a quien quise mucho: doña Teresa, mi suegra.
Y es que hacía tiempo —desde el asesinato de mi compadre Pedro García, un homicidio del cual se cumple mañana un aniversario más, un crimen que todavía clama por justicia— la muerte no me tocaba de cerca. Hoy, nuevamente, estoy profundamente afectado y, como en un rittornello, van y vienen las coplas que terminan: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir. / Allí van los señoríos / a se acabar / y consumir. / Allí los ríos caudales, / allá los otros medianos / y más chicos; / allegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos".
Doña Teresa, en razón de haber nacido a comienzos de siglo en un recoleto pueblo de los Andes colombianos –vale decir: en un tiempo y una circunstancia que condicionaban el desarrollo personal, pues de las mujeres sólo se esperaba que fueran buenas esposas, madres y amas de casa—, no tuvo mucha instrucción formal. Pero, educación sí tenía ¡y mucha! Por eso, dificulto que ella supiera quién era Manrique y que haya oído recitar aquello de: "Este mundo es el camino / para el otro qu'es morada / sin pesar; / más cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar." Sin embargo, pareciera que ésa fue su filosofía vital. La larga vida que Dios le dio la transitó dándole a sus hijas lecciones, sin palabras, de cómo se quiere y se respeta a un marido. De cómo se mantiene, sin errar, para usar las palabras del verso anterior, una casa bien controlada —a pesar de la vocinglería, el desorden y los gastos que generan diez hijos bien dinámicos y voluntariosos. La casa, aunque doña Teresa nunca realizó labores manuales (aparte de tejer crochet incesantemente), siempre estuvo limpia; en la mesa siempre hubo un cubierto de más para cualquiera —familia, amigo o conocido— que llegara a la hora de la comida; siempre había un rimero inmenso de prendas bien almidonadas para los varones; siempre, pero con más frecuencia cuando su marido tenía almacén de telas, había ropa de estreno para las hijas.
Desde casi tres meses antes de morir, los médicos empezaron a preguntarse cómo, y por qué, seguía viviendo. Corazón recrecido, problemas circulatorios, cáncer regado por todo el cuerpo, auguraban un final rápido; pero ella continuaba con vida. Afortunadamente, era una paciente asintomática. No tuvo dolores durante todo ese tiempo; comía con apetito, dormía bien, regañaba a la enfermera e increpaba a la mujer de servicio (esto último, en ella, era una muestra de normalidad). Sólo los dos últimos días tuvo sufrimientos. Aguantó hasta que los hijos que vivían en otros países y ciudades llegaron a su lado. En ese punto y hora, cuando una de las hijas le dijo que ya debería estar llegando la monjita que le traía la comunión semanal, con la mayor naturalidad, dijo que era mejor que le trajeran al sacerdote para que le diera la extremaunción. Así, tangencialmente y sin haber oído nunca de Manrique, dio otra lección a los hijos, pues, en palabras mucho más sencillas, discurría lo mismo que aquél: "No gastemos tiempo ya / en esta vida tan mezquina / por tal modo / que mi voluntad está / conforme con la divina / para todo; / y consiento en morir / con voluntad placentera, / clara, pura, / que querer hombre vivir / cuando Dios quiere que muera / es locura."
Ya quisiéramos muchos, cuando nos toque, tener aunque fuera un poco de la mansa entereza, de la cristiana resignación, de la valiente sumisión que ella demostró en su hora final. Claro que para esto se requiere que la persona haya vivido al ritmo de un corazón generoso y que pueda presentarse al Creador con un bagaje de obras buenas realizadas -dos condiciones que, estoy seguro, ella cumplió. Sólo eso nos asegurará que la cara del Señor, cuando nos reciba, no será una faz adusta, con ceño fruncido, sino un semblante risueño, de buen talante.
Aunque nos cueste creerlo, no somos eternos; algún día tendremos que morir. Y lo peor es que uno no sabe cuándo. En ese sentido, no está de más que recitemos frecuentemente la advertencia que nos hizo el poeta: "Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, / tan callando..." Hay que estar preparados, pues, en todo momento, para rendir cuentas. Como ya lo hizo doña Teresa.
Y puesto que ella amó mucho y por mucho tiempo a todos los suyos —y, porque, además, sufrió mucho por ellos, ya que no todo fue un lecho de rosas—, desde la mansión celestial puede aseverar: "Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos/ al tiempo que fenecemos; / así que cuando morimos / descansamos".
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