sábado, 11 de febrero de 2012

LEFEBVRE


Hay quienes —en la equivocada creencia de que soy descendiente de la Sibila de Cu­mas— me disparan preguntas que no son fá­ciles de contestar.  Cuando me demoro en responder o salgo con una babiecada (que es lo que sucede con más frecuencia), o francamente les dejo saber que desconozco la materia; adoptan cara de desilusionados y, como para "ponérmela más bombita", a ver si logro batearla, me dicen: "no tiene que contestarme ahorita, medítelo un poco y me responde en su columna".

Yo agradezco esos retos, a pesar de las miradas de conmisera­ción que los acompañan, porque me ayudan a sacar adelante estos artículos. Que es lo que voy a intentar hoy con un requerimien­to que de manera reiterada, y a veces hasta con claro aire inquisidor me han estado ha­ciendo últimamente. Palabras más, palabras menos, lo que se me ha planteado es: ¿Qué opina usted acerca de lo que afirman por ahí referente a que un suboficial de las Fuerzas Armadas va ganar más que un profe­sor universitario?

La pregunta me pone en un disparadero porque, por una parte, soy militar y, por tanto, deberé ser beneficiario de la largueza de don Rafael y, por la otra, profesor de mu­chos años en el tercer nivel de educación y, consecuentemente, alguien que cree que de­berían pagársele mejor las horas de clase que imparte. Voy, sin embargo, a tratar de satisfacer la curiosidad de los amigos. An­tes, y porque viene al caso, déjenme que les cuente un hecho de la vida real.
        
François-Joseph Lefebvre ingresó en la carrera militar en 1773.  Cuando ocurrió la Revolución Francesa era sargento y, por su valentía en combate durante la guerra que los monarcas europeos hicieron a los revolu­cionarios, fue ascendiendo hasta llegar a comandante del Ejército del Sambre el Meuse y a gobernador de París. Estando en esa posición acompañó a Napoleón en el gol­pe del 18 del Brumario. Con Bonaparte si­guió su carrera de valientes triunfos —tanto, que Napoleón lo escogió para que llevara la espada de Carlomagno en la ceremonia en la cual el corso se coronó emperador— y llegó a recibir el título de duque y el grado de mariscal. Todo es­to, sin importar que hubiera salido de muy abajo y estuviera casado con una mujer analfabeta y desinhibida; tanto, que la so­ciedad parisina la bautizó con el mote de Madame Sans-Gêne (Señora Desvergüen­za).

Ya siendo noble, recibió la visita de un amigo de infancia que no podía ocultar la envidia que le tenía a Lefebvre por la lujosa casa donde vivía. "Así que estás celoso", le dijo el mariscal, "Tres bien, mon cher ami; salgamos al jardín y yo te dispararé veinte pistoletazos a treinta pasos. Si quedas in­demne, te puedes quedar con la casa y todo lo que contiene. A mí me dispararon más de mil veces a esa distancia antes de poder te­ner una residencia como ésta".

Esa es una de las razones que pueden ale­garse a favor de un buen sueldo para los mi­litares: los riesgos físicos que se corren.  En mi caso, por ejemplo, los mayores peligros que corro al dar clases son: que se me aca­lambren las piernas por las seis horas que paso parado —en razón de mi ances­tro italiano, no sé hablar sentado— y la rini­tis que me causa el polvo de tiza cuando bo­rro el pizarrón. Por el otro lado, mientras estuve activo en las Fuerzas Armadas, re­cibí fuego hostil varias veces en la frontera y en guerrillas, tuve que desarmar a subal­ternos alzados y ebrios, sufrí fracturas de brazo y pierna por estar de estricto super­visor; mi lancha estuvo a punto de zozobrar patrullando el Golfo de Venezuela, un he­licóptero en que viajaba se desplomó (de poca altura, gracias a Dios) por falla en las bombas de combustible, y hasta un mes de hospital, herido de granada, me calé.

Otra manera de contestar esa pregunta es siendo cínico. Por ejemplo: uno pudiera alegar que es un asunto de oferta y deman­da, ya que en Venezuela hay más profesores universitarios que sargentos; pero no lo haré. Más bien, aduciré que, en una sociedad imperfecta, los ingresos no necesaria­mente reflejan el nivel de importancia del cargo, ni se correlacionan con el intelecto requerido para ejercerlo; mucho menos con el tamaño de la responsabilidad que trae aparejada. Yo estoy seguro de que una meso­nera de la avenida Lara gana más que una enfermera graduada; que el Torero Pista­chero, esa simpática figura del parque de beisbol y de la plaza de toros, tiene más in­gresos que un cura; que un chofer de gandola percibe más sueldo que un general, y que un maquinista de un Caterpillar; al final del mes, se mete en el bolsillo más plata que el Presidente Caldera.

¿Serán éstas las razones correctas? No sé. Dos cosas sí tengo claras: que, en un país al que le urge desarrollarse, una huelga uni­versitaria de cuatro meses y que no busca la excelencia del proceso enseñanza-aprendi­zaje, sino meras ventajas económicas para los profesores, es un crimen de lesa patria; y que los miembros del claustro universitario —que deben ser apóstoles del saber y predi­cadores de la civilidad— no deberían correr el riesgo de que los equiparen con los "traba­jadores de la enseñanza , para usar el deprimente­ cognomento con el cual se han au­to-degradado los "educadores" afiliados a sindicatos.

LA TOMA DE LA CICUTA



Cada año, las noches del final de febrero las dedico a la preparación de las clases de Filosofía que doy en Caracas.  Estando en eso —y como los primeros temas del programa exigen que se analice el pensamiento de los griegos del Siglo de Oro— revisé un libro que había comprado hace años, pero que no había podido leer.  Es The Trial of Socrates de I. F. Stone, un periodista estadounidense  ya muy anciano.  Y fue toda una sorpresa, pues pone al juicio del pensador en una interesante perspectiva.  Sugiere que Sócrates deseaba morir.



Como se sabe, Sócrates fue sometido a juicio por pregonar ideas que corrompían a la juventud ateniense.  Se sabe, también, que Sócrates se defendió a sí mismo, presentando sus alegatos ante un jurado compuesto por quinientos atenienses y que éstos desecharon explicaciones y lo condenaron a morir envenenado.  Todo eso lo sabemos porque el más famoso de sus discípulos, Platón, lo narró en su “Apología”.  Ahora, Mister Stone nos recuerda que ese no es el único texto que relata el evento y nos sugiere que, si queremos saber la verdad de lo acontecido, repasemos la Memorabilia de Jenofonte —otro discípulo, no tan renombrado como el de los anchos hombros, pero si famoso por derecho propio, pues era, al mismo tiempo un valeroso general y un cultivado escritor.



Confieso que lo único que había leído (varias veces) de Jenofonte era la Anabasis Kirou, el relato donde narra sus combates en Persia, a las órdenes de Ciro.  Me gusta tanto que, cada año, impongo como lectura obligatoria para mis alumnos  el capítulo que reseña el repliegue —comandando a diez mil griegos y recibiendo incontables ataques— por más de mil quinientos kilómetros, atravesando medio Irán, el Kurdistán y Armenia, hasta llegar al Mar Negro.  Sólo recientemente fue cuando leí el texto que recomienda Mister Stone.



Jenofonte nos informa que el tono que empleo Sócrates en su defensa les causó extrañeza a todos los discípulos; que éstos sintieron que sólo podía servir para provocar una condena; y que esto no debería causarnos sorpresa porque Sócrates quería morir.  Que la parte del discurso del encausado que más contrarió al jurado fue la afirmación de que el Oráculo de Delfos lo había llamado el más sabio de los hombres.  Que esa aseveración causó un thorubos, un enrojecimiento de enojo, en el jurado.  Tanto, que Sócrates sintió que era necesario explicar que no estaba alardeando.



Mister Stone correlaciona lo que dice Jenofonte, con uno de los diálogos escritos por Platón, el “Fedón”, ya que allí —cuando el discípulo sugiere que Sócrates parece haber estado decidido a suicidarse— aquél lo admite implícitamente al responder con un discurso místico, hermoso, pero esencialmente disparatado, en el que arguye que el filósofo debería buscar la muerte como realización, porque sólo con ella el alma se libera del cuerpo y puede, al fin, contemplar las Ideas, eternas e inmutables. 



Quizás Jenofonte y Mister Stone tienen la razón; quizás en el discurso del “Fedón” está la clave.  Porque coincide con lo que predica Sócrates en sus últimos momentos.  Veamos cómo nos lo narra Platón: “...entonces se descubrió Sócrates, pues antes se había cubierto el rostro, y le dijo a Critón: ‘Debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda.’  Fueron sus últimas palabras.”  Con esta críptica frase, lo que quiso decir fue que había que ofrendar un sacrificio al dios de la medicina para darle las gracias por haber descubierto la cicuta, terrible pócima que, al quitarle la vida al cuerpo —tan apegado a las cosas mundanas, a lo concupiscible— le permite al alma despegar en su vuelo a unirse con la causa final



Mister Stone aporta una prueba más, quizás la más contundente, de que Sócrates quería morir.  Y se basa en que Sócrates no empleó el argumento más adecuado para la defensa: el de la libertad de expresión.  Al encausado no se le probaron actos abiertos en contra del gobierno de la polis, sólo se le enjuició por sus opiniones; por lo que dijo y enseñó a sus alumnos los últimos años de su vida.

Vale decir, se le condenó por hacer uso de la libertad de opinión, uno de los principios más altos de la democracia ateniense.  Tanto, que los griegos tenían cuatro vocablos diferentes para referirse a ella.  El más corriente era eleuteorstomos (de eleuteros, libertad, y stomos, boca)  De manera, pues, que si el discurso de Sócrates hubiera dicho: “Conciudadanos: no se ha presentado en mi contra prueba alguna; no se me ha probado un solo acto ilegal.  Me encuentro en peligro de muerte sólo por expresar mis ideas, por lo que enseño.  Por tanto, este no es un juicio contra Sócrates, sino contra las ideas y, en consecuencia, un juicio contra Atenas misma.  Como a  las ideas no se le puede obligar a beber la cicuta, ellas me sobrevivirán. Pero el nombre de Atenas quedará manchado si me condenáis violando las tradiciones.”



Sí, si Socrates hubiera invocado la libertad de expresión como un derecho básico de todos los atenienses, hubiera tocado una tecla muy sensible y el jurado lo hubiera puesto en libertad.  Pero quizás, entonces, piensa uno, no hubieran llegado hasta nosotros sus enseñanzas.  Probablemente la civilización occidental hubiera sido muy distinta.

INSIPIENTIS


Con motivo de mi artículo “¡Ah, Pobre Español!”, un amigo se chanceaba conmigo por la parte en la cual yo aludía a los sufijos latinos or y trix, y explicaba que en español se convirtieron en “or” y triz”, y que este último siempre es femenino.  Pues bien, el amigo me decía: “¡Ah, ahora te la vas a echar de que sabes latín!”  Yo, le dije la verdad: que no lo sabía, pero que sí lo había estudiado (como todos los que tienen mi edad) durante los dos últimos años del bachillerato.  De ñapa, le deje saber que tuve la suerte de recibir clases de excelentes profesores que se esforzaban por hacer menos tedioso lo que podía ser supremamente aburridor, que aprendí bastante y que, por cierto, todavía me acordaba de una de las primeras tareas que nos pusieron: era traducir “papilionis circum floris volant.  En esa oportunidad abundaron las barbaridades como que “el papelón del circo tiene flores en el volante” y otras parecidas.  Sólo un compañero que había estudiado en el seminario y yo contestamos correctamente que “las mariposas vuelan alrededor de las flores”.


Y es lástima que hayan quitado el latín.  Porque le ayudaba mucho a uno a tener mejor vocabulario.  Si todavía lo enseñaran, uno no leería —como me tocó leer, no recuerdo donde, pero creo que fue en “El Nacional”— que alguien era considerado el alma pater de no sé que cosa.  Debe ser que el periodista piensa que, si existe alma mater —y creyendo, equivocadamente que esta traduce “madre del alma”—  también podría haber un alma pater.  ¡Pues no!  ¿O es que alguien ha visto a un padre dándole la teta a un hijo?  Que es lo que quiere decir alma: “nutricia”, “amamantadora”, “nodriza”.  De allí que ese sea el cognomento de la universidad: ella es la madre que nutre de sabiduría (teóricamente) a sus estudiantes.  En todo caso, si un varón pudiera amamantar a sus tripones sería un almum pater, con el adjetivo masculino.  Si alguien tiene que referirse al alma, mejor emplea anima.



Más de una vez han escuchado a alguien que, intentando decir que una persona se puso pálida, explica que fulano “se puso lívido”.  Y lo que está diciendo es todo lo contrario: que se puso entre azulado y amoratado. O sea, el tono que adopta la piel cuando a uno le ponen un “ojo pepúo”.  Lo que sucede es que el tipo no sabe que lívido viene de lividus: azul muy obscuro.  Por cierto, como los envidiosos se mueren de la rabia al ver la dicha de los demás y, por eso, su cara se congestiona, en latín se usa la misma palabra para designarlos.  Pero con una sutileza: si se trata de un envidioso impenitente, se le dice lividus; si es uno de los que de cuando en cuando siente una envidia momentánea —como usted y yo cuando nos enteramos que una persona se sacó el Kino de los mil millones— a ese se le dice lividulus: casi envidioso.



En el lenguaje culto y en los de las diferentes profesiones se emplea el latín con frecuencia.  Desafortunadamente, las más de las veces nuestros profesionales emplean las palabras sin saber qué significan, como el abogadito de medio pelo que creía que la locución: In loco parentis, se usaba para designar a la persona que toma a su cargo a unos menores cuyos “parientes se han vuelto locos”.  Casi la pega.  Muchos economistas nos dicen que sus vaticinios deberían cumplirse “séteris páribus”, para señalar que se darían si todo lo demás permaneciera sin cambio.  Y casi todos lo escriben así, con acentos esdrújulos y con esas dos eses, al comienzo y al  final de la primera palabra, creyendo que escriben latín, cuando lo correcto sería: ceteri paribus (todo lo demás igual).  ¿Y qué tal los médicos? Ellos emplean con frecuencia (con demasiada frecuencia, debería decir): prognosis y diagnosis.  Innecesariamente, porque en español tenemos pronóstico y diagnóstico, que quieren decir lo mismo.  Esos vocablos les llegaron, no por el estudio de las lenguas romances, sino por los post-grados en los Estados Unidos, donde sus colegas están muy preocupados por las demandas por malpraxis (latín macarrónico) que les pueden llegar.



Otra palabra que nos llegó del norte —y que nunca fue usada en la Roma antigua con ese sentido— es versus en el significado que se les da en las programaciones deportivas, como queriendo decir “contra”.  Esa palabra lo que significa es: “hacia”, “en tal dirección”.  Por ejemplo, en dirección hacia arriba se dice: subsuma versus.  Para decir “contra” en latín se usa contra, igualito que en español.  Así que ya lo sabe; nunca hacia el dugout vaya a un juego de Caracas vs. Magallanes sino a uno de Caracas contra Magallanes.  Si va al segundo, verá una pugna beisbolera de buena lid; si lo invitaran al primero, probablemente lo que vería es como los leones se salen de su cueva y se van de los navegantes.  Algo así como lo que están haciendo los socialcristianos de todas las latitudes, inclusive de Copei;  que se están acercando hacia Henrique Salas.



A los jerarcas de ese partido —para que al escoger candidato para la presidencia no les suceda lo que les pasó en las últimas elecciones para gobernador, que se equivocaron ex-profeso (¿ven que el latín sirve para algo?) de candidato— voy a dejarles una tarea que deben resolver antes del próximo miércoles.  Es una frase de Cicerón: Cuiusvis hominis est errore, nullius nisi insipientis in errore perseverare...

¿HONESTO?, NI SE SABE...

Al salir de la oficina, un poco pasadas las siete de la noche del jueves pasado, puse la radio del carro.  Desde las seis y media hay un programa de opinión el 107.9 que no dudo en recomendar a los lectores y que debe tener preocupada a Chari­to Rojas por aquello del rating. Porque lo conduce una periodista a la que le reconozco, desde 1985, muchos méritos por su inteligencia, seriedad en el tratamiento de las noticias y versatilidad en la escogencia de los temas, Marisol Pradas.  Alterna con ella, algunos días, Ezequiel Aranguren, uno de los dueños de la emisora.  De él, por el poco tiempo de conocerlo, no me he hecho una idea; sí debo —para ser sincero conmigo mismo— reconocer que cuando no está Marisol, el programa decae un poco.  Aún así, esa emisora sigue siendo el punto del dial a sintonizar.  Lo cual hice esa noche.  Y conseguí un tema para mi columna. La honesti­dad.



Y es que el entrevistado, persona que ha sido noticia toda esta semana, se refirió varias veces a esa virtud. Lo dijo de varias formas: “Yo soy honesto", “yo represento la honesti­dad", "de mi honestidad no se debe dudar”.  Cosa que inmediatamente elevó más el alto con­cepto en el que lo tengo; porque eso de ser joven y honesto al mismo tiempo, vista la época en la que vivimos, me parece muy encomiable.  Únicamente cuando dijo: "sólo con la honestidad de los funcionarios se logrará librar el país de la corrupción” fue que caí en cuenta: tanto el entrevistado como yo estábamos en error.  Yo, porque creía que el amigo que usaba el micrófono se refería a lo que el Diccionario de la Real Academia define como: "Compostura, decencia y moderación en la persona, palabras y acciones", "recato, pu­dor" y "urbanidad, decoro, modestia".  Él, porque pensaba que "honestidad" es sinónima de "honradez". Que era lo que quería significar: que él es honrado; que sólo la honradez de los funcionarios salvará a Venezuela.



Es común ese error.  Para aclararlo, además de reseñar aquí la definición de "honradez" que trae el mataburros —"Calidad de probo", “proceder recto, propio del hombre probo”— voy proponer un símil: La honradez tiene que ver con cosas que están en el corazón y el cerebro, mientras que la honesti­dad se refiere a cosas que están un poco más debajo de la correa (o del cinturón, depen­diendo del sexo). Por eso, en el viejo Diccionario de Autoridades, el antecedente dieciochesco del de la Real Academia, explicaba que la honestidad era: "moderación y pureza contraria al pecado de la lujuria". Y por eso, en el pasado, casi siempre se pensaba que la honestidad era una virtud típicamente femenina. De allí la sentencia de La Rochefoucauld: "Una mujer honesta es un tesoro escondido". Y si me permiten una digresión, les diré que la frase anterior trajo a mi mente el recuerdo de que los franceses, tan dados a la antífrasis irónica, denominan honnêtes filles a las prostitutas. Resumiendo: en pureza de idioma, si uno escucha que se elogia la honestidad de al­guien, debe colegir que es casto y puro "en pensamientos, palabras y obras" como nos lo manda la Santa Madre Iglesia, y que cumple el sexto y noveno mandamientos; lo cual no necesariamente se refleja en la forma como obedezca al séptimo; o que el tipo no mienta, ni trampee en los negocios, ni sise del erario.



Si mi opinión es cierta, entonces Juan Pa­blo II es honesto y honrado —-por un lado, se mantiene célibe y honra sus votos; por el otro, maneja con pulcritud la riqueza de la iglesia— y Clinton, según dicen por ahí no es honesto —parece que el tipo toda la vida ha si­do bragueta alegre, ¿con el conocimiento de su sagaz mujer, últimamente?— ni honrado, porque en su pasado hay indicios muy fuertes de que aprovechó su anterior cargo para obtener préstamos y hacer negocios raros con unas tierras.  Entre esos extremos hay un continuo de conductas. Parece que Samper es honesto y doña Nidia nada tiene que reprocharle, ¿pero, honrado? ¡Mamola!, como di­cen sus paisanos. Miterrand fue honrado en el manejo del erario galo, pero a la hora de su entierro se presentaron su querida y su hija adulterina; o sea, que muy honesto no fue. Y si por allá sopla, por aquí ventea...



En fin, yo soy de los que creen que nuestros gobernantes deben ser, sine qua non, honrados. Si, además, son honestos, ¡más flores pa' Maria!  Lamentablemente —y si uno se guía por los diretes de la historia miraflorina—  esto último, que es sólo deseable, como que es más difícil que lo primero.  Cómo será, que hasta a San Rafael le corrieron un cuen­to con una locutora ¿uruguaya?, ¿argentina?, en su primer mandato.  En esa antología parece que los presidentes gochos son los de la cintura más aceitadita: Castro, con su encend­ida rijosidad que exigía muchachitas en palacio todas las noches; Gómez, con sus numerosos hijos en varias mujeres; Medina, con sus revolcones con las tipas de "El Trocadero; Pérez Jiménez, con su motoneta persi­guiendo a la Lollobrigida por La Orchila.  Y siendo los más recatados —y, por tanto, quedando muy mal parados en el altar del machismo criollo, los llaneros: José Antonio Páez, que era monógamo por turnos; Joaquín Crespo, a quien no se le conoció ni uno. Tanto, que merece el viejo cognomento de “fósforo sueco"; no se inflama sino cuando raspa en su propia cajita...

¿HABLAMOS GRIEGO?

Un par de coincidencias hacen que el día en el que los griegos celebran su día nacional sea el mismo en el que Valencia cumple años, y que en 1821, cuando la gente de Ellas (como se llama en realidad lo que nosotros denominamos Grecia), acicateados por el Arzobispo Germanos, se rebelaban contra los otomanos, aquí se llevaba a cabo la campaña de Carabobo.



En Valencia existe una pequeña colonia griega que no llega a las ochenta familias. Sin embargo, lo reducido de los números no es óbice para que con su dinamismo se estén ganando un puesto prominente en el escenario carabobeño. Lo poco numeroso lo compensan con ganas de trabajar, buena voluntad y un alto espíritu gregario, en el buen sentido de la palabra. Y si a eso se le suma la energética conducción de Nicolás Paraskevopoulos —un líder que ya quisieran para sí otras colonias más numerosas— no puede extrañarle a nadie que los descendientes de los aqueos cantados por Homero vayan tomando, cada vez más, un lugar de preponderancia en Carabobo.,

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Cada año, en la noche del día nacional, los que nos acercamos a congratularlos vemos cómo va avanzando su sede social, y que lo hace de manera muy laudable: lo primero que va a estar terminado son la escuela —para que la señora Exarcheas no tenga que hacer tantos sacrificios mientras enseña el idioma griego a los jóvenes— y la iglesia del rito ortodoxo, la cual, estoy seguro, estará abierta a todos los que, sin importar su nacionalidad, pertenecen a ese rito. Las canchas deportivas ya están listas también. Los salones de baile, de juegos y de reuniones y el restaurante vendrán después, porque lo primero es lo primero: religión, cultura y deportes; afanes en los que los griegos, desde lo muy antiguo han sobresalido. Este año, para que vieran sus conquistas y progreso, y quizás para incitarlos a la emulación, trajeron a muchos compatriotas suyos desde Caracas y otras ciudades venezolanas; con esos mismos fines, además, hicieron venir a los camarógrafos y periodistas de la televisión griega. No en balde, "dinamo" y "energía" son palabras inventadas en tierras helenas.



Mucho de lo que somos y cómo nos comportamos los que pertenecemos a la civilización occidental se lo debemos a los griegos. Nuestra manera de pensar nos viene de los filósofos del Siglo de Oro, pero cristianizada por el pensamiento escolástico. Tanto, que las "virtudes cardinales" —prudencia, fortaleza, templanza y justicia, para los que se les ha olvidado el Catecísmo— fueron enumeradas primero por Platón y el nombre exacto que usamos hoy fue dado nada menos que por el propio Aristóteles. Fue el mismo Estagirita quien definió al hombre como un zoon politikón, diciendo: "Quien no puede entrar a formar parte de una comunidad, o quien no tiene necesidad de ello, bastándose a sí mismo, y no es parte de una ciudad; o es una bestia o es un dios."



Fue tan trascendental la influencia griega en el cristianismo que todavía muchas de las palabras empleadas en nuestra religión son de origen helénico. Empezando por "católico" (katholikós), que quiere decir "universal", pues nos cubre a todos; siguiendo por" dogma", que al igual que cuando la usó Aristóteles todavía quiere decir "verdad revelada"; por "Pentecostés", quincuagésimo, que es la festividad que celebra la llegada del Espíritu Santo; por “apóstol”, enviado; por "letanía" (litaneia), que es una rogativa, una súplica; hasta llegar al kirie eleison que rezábamos antes y que después del concilio hemos españolizado como ¡Señor, ten piedad! Cómo será la influencia que hasta" demonio" (daimonion) ,el propio don Sata que se ha de llevar a muchos, a lo mejor a uno mismo, viene de Grecia.



Y no sólo es la Iglesia; muchas de las profesiones liberales —y muchos términos empleados por ellas— son de la pura esencia griega. ¿Podrán los matasanos servir de algo si no tuvieran a mano sufijos y prefijos como: algia, artro, hepato, gastro, cardio, oftalmo, hemo e hiper, para mencionar sólo unos pocos? En la misma vena: diafragma, catéter, esclerosis, diagnóstico, esqueleto, necrosis y muchas más son puro griego. Cómo será, que cuando a uno le ponen una inyección, "hipodérrnica" y "glúteo" vienen también de allí. Si a la enseñanza nos vamos, encontraremos que las palabras: escuela, academia y liceo nos llegan de Pitágoras, Platón y Aristóteles, respectivamente; pero, además, nos vienen: gramática, aritmética, logaritmo, geometría y otras. El mismo vocablo" pedagogo" viene de paidos (niño) y age (conducir). Lástima que los maestros de ahora lo hayan olvidado y prefieran llamarse "trabajadores de la educación", cuando lo que ellos deben hacer no es un trabajo, sino un alto apostolado.



¿Y donde dejamos a los arquitectos, que vienen de arke (mandar) y texton (obrero)? ¿Y aquéllos, qué harían si no supieran de: estética, diámetros, simetría, hiperbólicas y hemisferios, por mencionar sólo unos pocos? ¿Y qué harían los que tienen por profesión la oikonomia para explicar sus teorías si no tuvieran los graphikós? Pues lo mismo que los politikós sin la democracia, los programas y los prosélitos, y nosotros, los militares sin la patria, la estrategia —de stratos, ejército, y ago, dirigir— para planear las batallas, la táctica (taktikós, arreglo) para organizar las tropas sobre el terreno y la jerarquía para echarle vaina a los demás.



Cómo será la cosa, que hasta los libidinosos no pudieran hacer mucho sin la poligamia, el erotismo, las orgías y los orgasmos (de orgáe, estar lleno de ardor). A este tipo de gente el gran Aristóteles les recomendaba sophrosiné, algo que en español se llama templanza y que ellos confunden con templadura. Que es otra cosa. De la que hablaremos otro día.


ESCRITO EL 20 DE JULIO

Acabo de regresar de la plaza Bolívar, donde se llevó a cabo la ceremonia organizada por el Consulado de Colombia par celebrar el día nacional.  Al momento de sentarme a escribir, mi ánimo está lleno de recuerdos gratos de los tiempos en que viví en Bogotá, cuando era miembro de nuestra embajada allí; de los muchos amigos que tengo en diferentes ciudades de ese país, desde expresidentes hasta amansadores de potros; de las muchas veces que he estado por esas tierras gozando de la hospitalidad de parientes, de las atenciones de amigos y de la camaradería de compañeros de armas; representando a mi patria en asuntos oficiales y —ahora lo puedo decir— realizando labores de espionaje. La sensación de placidez es tal, que, aunque tengo razones para abor­dar otros temas que me tocan más de cer­ca, prefiero hablar de Colombia.

Al igual que muchos venezolanos, la primera vez que escuché hablar de ese país fue cuando estaba en primaria y una maestra nos contó de Ricaurte, "un oficial neogranadino que dio su vida por la independencia de Venezuela". "¿Neogranadino?, ¿y eso qué es, maestra?", preguntó uno de nosotros; y ella respondió —al igual que otras miles de maestras al contestar la misma pregunta en toda Venezuela— "es lo que ahora llaman colombiano...".  De ahí en adelante me hice a la idea de que los colombianos son gente capaz de sacri­ficar la vida por una causa noble.  Viene a mi mente la hermosa frase que Rafael Núñez le dedicó a Ricaurte en la letra del himno colombiano: "En átomos volando, deber antes que vida; con llamas escribió”.

Recién graduado, me enviaron a servir en la frontera.  Todavía los políticos a am­bos lados de la raya no habían inventado el ardid de azuzar la guerra entre los dos países como añagaza distractora para mantener embobadas a una y otra poblaciones, mirando hacia afuera y, así, evitar que vieran las sendas tortas que estaban poniendo. Por eso, la vida de guarnición era —si puede decirse— binacional; los ofi­ciales venezolanos íbamos a los cuarteles de las unidades colombianas y viceversa.  Frecuentes eran los convites a almuerzos de camaradas, a competencias de tiro, a bai­les en los casinos militares, a actos los días de fiesta nacional, etc.  Desde esos tiem­pos aprendí que los colombianos son generosos anfitriones; que les gusta com­partir lo que tienen, así sea poco; que alternan socialmente dando demostraciones de una educación cívica excelente y de un trato fino y respetuoso, casi rayano en lo ceremonioso.

En esa misma época empecé a enten­der el drama de la violencia política.  Eran los años de enfrentamiento entre las guerrillas liberales y las conservadoras; y de unas y otras contra las fuerzas militares de la nación.  Por boca de los oficiales colombianos me enteraba de los desmanes que realizaban los "chusmeros" en el área rural; sucesos que luego me confirmaban los campesinos desplazados de Santander; Tolima y Huila que venían, huyéndole a la muerte, a aposentarse en las zonas inhóspitas del sudeste tachirense y el Alto Apure.  Al poco tiempo ya habían hecho florecer la tierrita y se los veía afanosos, buscando progresar.  Desde esos días aprendí que los colombianos son insignes trabajadores; que no se les agua el ojo ante las tareas, por formidables que sean; que saben aguantar estrecheces si está de por medio un mejor futuro para sus hijos.

Puede decirse que las poblaciones de Guacas, El Nula, El Cantón, Puerto Teteo, El Jordán, Cutufí y El Piñal —-y mu­chas otras de nombres tan desconocidos para el común de los venezolanos como éstas— fueron fundadas por esos refugiados. Estos caseríos, hoy tan convulsiona­dos, eran un remanso de paz, prosperidad y trabajo.  Y de eso debo dar testimonio aquí: mientras fui comandante en esa región nunca tuve que atender un solo al­tercado, una sola riña, a pesar de que los fines de semana todos iban al pueblo a beber aguardiente fornecidos con tremendos puñales.  Fue cuando aprendí algo que luego he podido ratificar en muchas ocasiones; que los colombianos anhelan, por sobre todo, la paz para su patria, pero que, como si fuera una maldición, esa me­ta elusiva se aleja de ellos cada vez, que —sin importar lo rápido que avancen— in­tentan acercársele.

Fueron los tiempos, también, en que conocí a la única novia que tuve y la que es hoy mi mujer.  Nació en Cúcuta, pero hija de padre venezolano.  Y es que hubo un tiempo en nuestra historia en el que los venezolanos éramos los que migrábamos hacia Colombia; unos porque Gómez los tildó de "malos hijos de la patria" y tuvieron que evitar las mazmorras, y otros porque la dinámica económica era mayor de aquel lado.  Que fue el caso de don Car­los, mi suegro.  Fueron tres años de noviazgo casto, con muchas chaperonas, que condujeron al casorio.  Fue entonces cuando comprendí, de veras, que las colombia­nas —me imagino que los colombianos también— saben querer con intensidad, cariño y ternura, son apasionadas, celan con sentido casi propietario y (esto lo aprendí después) son capaces de mantener viva la flama del amor aun muchos años después de la boda.

Esas y otras son las virtudes que adornan a los colombianos.  De los defectos (que son muchos) no deberíamos hablar cuando se celebra el día nacional; lo cual no quiere decir que no pueda tocar ese tema en un futuro cercano. Por eso, —y aunque con tres días de retraso— ¡felicidades, paisitas!

martes, 3 de enero de 2012

ENSEÑANZAS ROMANAS

Cuántas desgracias hubieran sido evitadas en la humanidad si a los solidificadores del Imperio Romano —César, Augusto y Tiberio (con todo y sus defectos)— los hubieran sucedido aquellos mandatarios virtuosos en lo político, respetuosos en lo jurídico y benévolos en lo gubernativo (sin que ello significara flaqueza)  que fueron Nerva, Trajano, Adriano y Antonino; y no los últimos re-presentantes de las dinastías Julia y Flavia —Calígula, Claudio, Nerón y otros enanos morales que los siguieron— violentos en lo oficial, disolutos en lo personal y con escasa visión acerca de lo que era en realidad importante para la preservación del imperio. 


De haber sucedido tal salto, Roma hubiera pasado de la época de la consolidación  institucional a la de la prosperidad económica, el imperio del derecho y la suavidad de las costumbres, sin tener que haberse hundido antes en la abyección moral, la degradación política apoyada por las armas y la penuria económica de la plebis.

Si así hubiese acaecido, la historia del mundo fuese otra y nosotros fuéramos muy distintos.  A lo mejor, estuviéramos más atrasados en matemáticas porque los árabes no hubieran conquistado Constantinopla y, por ende, no hubieran creado las universidades que regaron por todo el norte de África, la península ibérica y el oriente próximo.  Quizás, por esa misma razón, las enseñanzas de los filósofos del Siglo de Oro griego no hubieran llegado a Occidente, siendo que éstas no nos llegaron por la vía de Grecia y Roma, sino por el Magreb y Al-Andaluz hasta llegar a Francia e Italia.  Tal vez, las galeras romanas hubieran frenado a los vikingos en el Paso de Caláis y las legiones a las hordas bárbaras en las riberas del Danubio y del Rin y, por tanto, las influencias escandinavas y eslavas no se hubieran hecho presentes en el occidente europeo y llegado hasta nosotros en el Nuevo Mundo.  Quién sabe si —al no haber tenido que enfrentar la vesania de los sanguinarios emperadores flavios, ni consolidarse en las catacumbas— los cristianos no fueran sino una denominación religiosa intrascendente, no muy distintos a los coptos de Egipto y a los monofisitas de Asia Menor.  En fin, y por la misma razón que aduje al comienzo de este párrafo, no estuvieran matándose entre sí, por varios siglos, albaneses y serbios, kurdos y turcos, judíos y árabes.

Y así podríamos seguir por muchas horas, en un interesantísimo ejercicio de futurología —que habrá que dejar para otro momento, rodeado de amigos y compartiendo unas cervezas bien frías y unas huevas de lisa bien secas— pero que no nos dejaría nada útil.  Por eso, es mejor que aterricemos y tratemos,  por la vía del paralelismo, decantar algunas experiencias que puedan evitarnos desagradables sucesos en el porvenir.

Si hacemos abstracción de las distancias, el tiempo y las importancias relativas de ambas; hubo una época en la historia de Roma que se parece a lo que está sucediendo desde hace algún tiempo en Venezuela.  Luego de las guerras púnicas, y por sentirse señora del Mediterráneo, Roma hubo de adoptar medidas políticas que trajeron consigo alteraciones en la vida interior de la República.  Florecieron las actividades económicas y esto trajo aparejado una dislocación del orden social por la aparición de las grandes fortunas que contrastaban con una creciente pauperización de las masas.  Los pequeños producto-res del campo vendieron sus tierras a los poderosos, lo que significó un doble fenómeno indeseado: por un lado, apareció el latifundium; por el otro, los campesinos emigraron a la urbs en busca de una mejoría económica y lo que encontraron fue una existencia más trabajosa, más ingrata, más humillante.

Allí, los rusticus cayeron en las garras, primero, de los políticos populistas que los sobaban y los envilecían para sacarle el suffragium que necesitaban; después, en las de los “reformistas” y los “revolucionarios” —muchos de ellos más  impulsados por las ambiciones personales que por el afán filantrópico— que preconizaban ideas políticas exóticas y que anhelaban formas de poder que habían visto en otras latitudes (y les habían sido sugeridas por déspotas autocráticos que en esos lugares mandaban).  Para lograr su objetivo, deslumbraron a las masas con promesas poco sensatas, les ofrecieron el cielo en la tierra y, al tiempo que exacerbaban en ellos el reclamo de derechos, les minimizaron el concepto del cumplimiento de los deberes cívicos.  Al llegar al poder por esa vía, antepusieron su afán de poder a la felicidad del pueblo —al que seguían lisonjeando con discursos—y el resultado no fue sino un ejercicio autocrático, con exceso de discrecionalidad,  del poder ejecutivo, y en una planificada disminución de la importancia del legislativo.  Y es que los tiranos —usualmente más criados en la violencia de los campamentos que en la serenidad de la reflexión— tienden a creer que la discusión de las ideas no es para buscar la optimación de los resultados, sino un intento subversivo de poner en duda la sapiencia y las buenas intenciones del jefe.

¡Ah, si los mandatarios de nuestra patria hubiesen sido (y fueran) menos Tiberios y Calígulas!  ¡Si hubiera existido más Nervas y Trajanos!  Habría, hoy, otro Tácito que pudiera cantar aquello de: “Rara felicidad de los tiempos en los que es lícito para todos sentir como se quiera y hablar como se sienta”,