El pasado miércoles, después de una conferencia en la cual el Ing. Díaz Carabaño disertó con bastante profundidad, acierto y amenidad acerca de las razones históricas de las migraciones italianas al nuevo mundo, varios amigos nos acodamos en una barra para continuar el tema al lado de una copa. Luego de un rato, alguno de los presentes cambió el tema y comentó acerca del artículo mío que había salido ese día y que se refería a la calidad de la educación que reciben nuestros hijos. El final de su intervención fue, además de enfática, muy admonitoria: "O arreglamos el desorden en las escuelas, o no habrá Venezuela en el año dos mil".Más vale que no. Todo el mundo quiso hablar a la vez, pero no para llevarle la contraria al opinante, sino para reforzar —cada uno, desde su punto de vista; todos, de manera atropellada— la idea. El artículo de hoy, pues, no es sino un intento de poner en orden un par de cosas de las que se dijeron allí.
Primero, analicemos lo más importante: lo relacionado con nuestra capacidad para comunicarnos con los demás. Uno de los presentes se quejó de que el arsenal de palabras en poder del joven promedio de hoy no sobrepasa los dos mil vocablos. Los demás tuvimos que darle la razón. Uno me pidió opinión acerca de las causas de este fenómeno. Yo opiné (opino) que se debe a que el programa de estudios de Castellano y Literatura se fue por el drenaje cuando los “planificadores de la educación" decidieron que no era necesario que los estudiantes leyeran los libros "difíciles de entender", (según ellos). Que lo que impera en nuestras aulas en el día de hoy, es el equivalente literario de la comida rápida, una suerte de "síndrome del perro caliente": llena un espacio, pero no alimenta.
Con la historia sucede algo parecido. Los "sabios" que estaban en el Ministerio de Educación hace algunos años decidieron que la enseñanza de "fechas y hechos" estaba fuera de moda; que lo moderno, educacionalmente hablando era enseñar "destrezas" y "conceptos". Vale decir, que no es importante que los alumnos sepan en qué año, dónde, cómo y por cuáles causas los venezolanos decidieron independizarse de España; sino que sepan dónde encontrar información acerca de ese caso, en la remota eventualidad de que les interese.
Pues, no señor, eso no basta. No niego que los conceptos son importantes; lo que alego es que no constituyen el todo. Propongo, como ejemplo, un concepto que es de capital importancia para el futuro de Venezuela: el de la gratuidad de la instrucción. Si nos quedamos en lo abstracto, sin analizar los ingredientes históricos de: causa, origen, propósito y limitaciones (que es como lo han hecho los que han llevado al país a la bancarrota ética y económica) tenemos que llegar a una conclusión errónea: que es moral y legalmente aceptable que un tipo pueda permanecer doce o catorce años en una universidad sin tener que desembolsillar un solo centavo para estudiar una carrera liberal para la cual no tiene los niveles intelectivos suficientes y de la cual se iría a lucrar (en el remoto caso de que llegara a graduarse).
No podemos permitir que la conciencia histórica se siga erosionando, ni que el dominio del idioma se minimice cada vez más. Si lo hacemos, nos estaríamos causando a nosotros mismos un dañó idéntico al que una nación enemiga trataría de ocasionarnos en su empeño de destruirnos. Quien crea que exagero no tiene sino que leer a Milan Kundera, el premio Nobel, cuando describe los esfuerzos metódicamente realizados por las autoridades soviéticas en Praga y otras ciudades checas durante la ocupación. Lo que se buscaba era borrarla memoria histórica de los habitantes para, así, facilitar la dominación. Todo el plan se concentraba en tres acciones: proscribir la literatura nacional trascendente, diluir la enseñanza de la historia y destruir los monumentos y las estatuas.
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