martes, 3 de enero de 2012

CARTA A MI COMPADRE BILL


 
Mi querido compadre: el día que ha de llegarle esta misiva es el mismo en que está previsto que sus abogados terminen los alegatos en su favor y que el Senado empiece a deliberar para dictar sentencia en un caso que nunca debió haber llegado a los niveles de escatología a los que los hizo descender ese vojeuriste de Ken Starr, un tipo que es capaz de levantarle los fustanes a la ciega diosa de la Justicia para ver lo que hay debajo.  Él, actuando por instrucciones de los antagonistas políticos suyos, quiere verle el hueso; pero, no se preo-cupe, no va a acontecer nada distinto a lo que le sucedió a otro presidente demócrata en el siglo pasado, Andrew Johnson.


¡Y el caso es igualito!  Los republicanos, que tenían tanta mayoría en el Congreso que podían condicionar la acción del Ejecutivo mediante la emisión de leyes y hasta de imponerse por sobre los vetos que el presidente produjera, no se conformaban con eso; querían salir de Johnson, un adversario que, al igual que usted, estaba teniendo éxito en su cometido —él, en la reconstrucción pacífica de la nación, luego de la Guerra Civil; usted, en la búsqueda del avance económico de sus paisanos.  Por lo menos, en los sayones de ayer había el afán de poner en la presidencia a uno de los suyos, el presidente del Senado.  Pero, ahora, ¿qué lo justifica? Ya las elecciones de mitad de período pasaron.  Y fueron un tiro por la culata para los republicanos; quienes, echándoselas de: holier-than-thou, trataron de ganar votos apareciendo como santos varones.  Cosa que no eran —según tuvieron que admitir, luego, los principales ajusticiadores suyos: Livington y Hyde— y que pareciera que no es esencial para ser un buen presidente. 

Lo cual me lleva al meollo de lo que quería comentarle: ¿Debe ser el presidente un ejemplo moral?  La respuesta pasa, necesariamente, por esclarecer lo que se entiende por “ejemplo moral”.  ¿Es éste una persona que en lo íntimo es virtuoso y que vive una existencia intachable?  ¿O, por el contrario —independientemente de sus infidelidades conyugales, o su desordenada vida— uno que asume cargo para ejecutar políticas que tiendan al logro de los altos objetivos del país y a inspirar a los ciudadanos a la búsqueda del bien general en la sociedad?  Yo creo que es esto último, compadre.

Claro que si se logra combinar la pureza personal con la destreza política para llevar a la nación hacia su engrandecimiento, mucho mejor.  Pero ese ideal ha eludido a la mayoría de los gobernantes en cualquier parte del mundo.  Ustedes han tenido algunos presidentes que han sido excepcionales porque supieron combinar una vida privada intachable con un desempeño oficial admirable.  Lincoln fue uno.  Yendo a contrapelo, las más de las veces, con lo que era la opinión pública de su período, condujo al país en medio de una guerra atroz y libertó a los esclavos.  Al mismo tiempo, para todos era “Honest Abe”, un hombre tan modesto que no se creía adecuado para el cargo.  Otro fue Teodoro Roosevelt, un gringo que ha sido demonizado en nuestros países del sur por aquello del “gran garrote”, pero que, además de haber sido un adalid de la honradez en el gobierno —y de, poca gente lo sabe, haber ganado un premio Nobel de la paz por sus esfuerzos para la finalización de la Guerra Ruso-Japonesa— andaba, para arriba y para abajo, con sus cinco hijos.

Otros han sido muy puros en lo personal, pero no buenos presidentes.  Fíjese en Hoover, un hombre tan escrupuloso que no cobraba su sueldo (no lo necesitaba, era millonario) pero que fue el presidente de la Gran Depresión.  ¿Y qué decir de Carter?  Sus admirables condiciones personales no lograron impulsar a sus paisanos hacia altos niveles conductuales y de desempeño en un momento en que la nación lo necesitaba gravemente.  Menos mal que se ha reivindicado hasta llegar a ser el mejor ex-presidente que ha tenido Estados Unidos.

Al igual que usted, mi querido compadre, su país ha tenido presidentes muy eficientes en lo oficial y algo descocados en lo personal.  Pongo el caso de el otro Roosevelt, Franklin; quien para muchos ha sido el más efectivo mandata-rio que ha tenido su nación, y quien era reverenciado a pesar de tocarle forzar a los americanos a hacer grandes sacrificios durante la Gran Depresión y durante la Segunda Guerra Mundial; pero que en su vida personal no era ningún modelo.  A pesar de estar restringido a una silla de ruedas, mantuvo un ju-jú bien prolongado con su secretaria, Lucy Mercer.  Y Eleanor, según un libro que salió últimamente, tampoco era muy honesta que digamos y se vengaba de su marido.  ¡Claro que para entrarle a una vieja tan fea como ella hay que estar bien rasca-do, compadre!  Otro bragueta-brava era John Kennedy.  Y fíjese lo que son las cosas, compadre.  Mucha gente comentaba sus bochinchitos con estrellas de cine —entre ellas esa porquería de mujer que llamaban Marylin Monroe— pero en él, esas pillerías lo que hacían era realzar su figura.  Pa’ mí, compadre, que a usted lo que lo está envainando es esa partida de gays que han decidido salir del closet y descararse ante la sociedad.

Quería decirle más cosas, compadre; pero se me acabó el papel.  Sólo me resta desearle que los senadores entiendan que cambiarlo a usted por Al Gore (que no sabe ni deletrear potato) es como cambiar la mamá por un burro.  Mis saludos a la comadre Hillary (aunque no sé si se están hablando últimamente) y la bendición para la ahijada, Chelsea.

Postdata.  Quizás, yo deba compartir parte de la culpa de lo que le pasa a usted.  Porque yo lo que le recomendaba era que consiguiera una que, además de una garganta profunda, tuviera una boca grande, y usted entendió, defectos de traducción, una bocona; que es otra cosa.

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