martes, 3 de enero de 2012

ENSEÑANZAS ROMANAS

Cuántas desgracias hubieran sido evitadas en la humanidad si a los solidificadores del Imperio Romano —César, Augusto y Tiberio (con todo y sus defectos)— los hubieran sucedido aquellos mandatarios virtuosos en lo político, respetuosos en lo jurídico y benévolos en lo gubernativo (sin que ello significara flaqueza)  que fueron Nerva, Trajano, Adriano y Antonino; y no los últimos re-presentantes de las dinastías Julia y Flavia —Calígula, Claudio, Nerón y otros enanos morales que los siguieron— violentos en lo oficial, disolutos en lo personal y con escasa visión acerca de lo que era en realidad importante para la preservación del imperio. 


De haber sucedido tal salto, Roma hubiera pasado de la época de la consolidación  institucional a la de la prosperidad económica, el imperio del derecho y la suavidad de las costumbres, sin tener que haberse hundido antes en la abyección moral, la degradación política apoyada por las armas y la penuria económica de la plebis.

Si así hubiese acaecido, la historia del mundo fuese otra y nosotros fuéramos muy distintos.  A lo mejor, estuviéramos más atrasados en matemáticas porque los árabes no hubieran conquistado Constantinopla y, por ende, no hubieran creado las universidades que regaron por todo el norte de África, la península ibérica y el oriente próximo.  Quizás, por esa misma razón, las enseñanzas de los filósofos del Siglo de Oro griego no hubieran llegado a Occidente, siendo que éstas no nos llegaron por la vía de Grecia y Roma, sino por el Magreb y Al-Andaluz hasta llegar a Francia e Italia.  Tal vez, las galeras romanas hubieran frenado a los vikingos en el Paso de Caláis y las legiones a las hordas bárbaras en las riberas del Danubio y del Rin y, por tanto, las influencias escandinavas y eslavas no se hubieran hecho presentes en el occidente europeo y llegado hasta nosotros en el Nuevo Mundo.  Quién sabe si —al no haber tenido que enfrentar la vesania de los sanguinarios emperadores flavios, ni consolidarse en las catacumbas— los cristianos no fueran sino una denominación religiosa intrascendente, no muy distintos a los coptos de Egipto y a los monofisitas de Asia Menor.  En fin, y por la misma razón que aduje al comienzo de este párrafo, no estuvieran matándose entre sí, por varios siglos, albaneses y serbios, kurdos y turcos, judíos y árabes.

Y así podríamos seguir por muchas horas, en un interesantísimo ejercicio de futurología —que habrá que dejar para otro momento, rodeado de amigos y compartiendo unas cervezas bien frías y unas huevas de lisa bien secas— pero que no nos dejaría nada útil.  Por eso, es mejor que aterricemos y tratemos,  por la vía del paralelismo, decantar algunas experiencias que puedan evitarnos desagradables sucesos en el porvenir.

Si hacemos abstracción de las distancias, el tiempo y las importancias relativas de ambas; hubo una época en la historia de Roma que se parece a lo que está sucediendo desde hace algún tiempo en Venezuela.  Luego de las guerras púnicas, y por sentirse señora del Mediterráneo, Roma hubo de adoptar medidas políticas que trajeron consigo alteraciones en la vida interior de la República.  Florecieron las actividades económicas y esto trajo aparejado una dislocación del orden social por la aparición de las grandes fortunas que contrastaban con una creciente pauperización de las masas.  Los pequeños producto-res del campo vendieron sus tierras a los poderosos, lo que significó un doble fenómeno indeseado: por un lado, apareció el latifundium; por el otro, los campesinos emigraron a la urbs en busca de una mejoría económica y lo que encontraron fue una existencia más trabajosa, más ingrata, más humillante.

Allí, los rusticus cayeron en las garras, primero, de los políticos populistas que los sobaban y los envilecían para sacarle el suffragium que necesitaban; después, en las de los “reformistas” y los “revolucionarios” —muchos de ellos más  impulsados por las ambiciones personales que por el afán filantrópico— que preconizaban ideas políticas exóticas y que anhelaban formas de poder que habían visto en otras latitudes (y les habían sido sugeridas por déspotas autocráticos que en esos lugares mandaban).  Para lograr su objetivo, deslumbraron a las masas con promesas poco sensatas, les ofrecieron el cielo en la tierra y, al tiempo que exacerbaban en ellos el reclamo de derechos, les minimizaron el concepto del cumplimiento de los deberes cívicos.  Al llegar al poder por esa vía, antepusieron su afán de poder a la felicidad del pueblo —al que seguían lisonjeando con discursos—y el resultado no fue sino un ejercicio autocrático, con exceso de discrecionalidad,  del poder ejecutivo, y en una planificada disminución de la importancia del legislativo.  Y es que los tiranos —usualmente más criados en la violencia de los campamentos que en la serenidad de la reflexión— tienden a creer que la discusión de las ideas no es para buscar la optimación de los resultados, sino un intento subversivo de poner en duda la sapiencia y las buenas intenciones del jefe.

¡Ah, si los mandatarios de nuestra patria hubiesen sido (y fueran) menos Tiberios y Calígulas!  ¡Si hubiera existido más Nervas y Trajanos!  Habría, hoy, otro Tácito que pudiera cantar aquello de: “Rara felicidad de los tiempos en los que es lícito para todos sentir como se quiera y hablar como se sienta”,

EN TONO FUNÉREO

En estos últimos días, los versos de un autor a quien aprendí a valorar desde bachillerato —eran tiempos en que los profesores de literatura lo iniciaban a uno en el disfrute de los clásicos españoles— han estado repicando sistemáticamente dentro de mi cerebro.  Son los de Jorge Manrique.  Con toda su carga de lobreguez y melancolía.  Con toda su fuerza sombría.  Con todo un vigor que lo induce a uno a meditar en asuntos trascendentes. ¿La razón?  El reciente fallecimiento de una buena mujer, a quien quise mucho: doña Teresa, mi suegra.



Y es que hacía tiempo —desde el asesinato de mi compadre Pedro García, un homicidio del cual se cumple mañana un aniversario más, un crimen que todavía clama por justicia— la muerte no me tocaba de cerca.  Hoy, nuevamente, estoy profundamente afectado y, como en un rittornello, van y vienen las coplas que terminan: "Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir. / Allí van los señoríos / a se acabar / y consumir. /  Allí los ríos caudales, / allá los otros medianos / y más chicos; / allegados, son iguales / los que viven por sus manos / y los ricos".



Doña Teresa, en razón de haber nacido a comienzos de siglo en un recoleto pueblo de los Andes colombianos –vale decir: en un tiempo y una circunstancia que condicionaban el desarrollo personal, pues de las mujeres sólo se esperaba que fueran buenas esposas, madres y amas de casa—, no tuvo mucha instrucción formal.  Pero, educación sí tenía ¡y mucha!  Por eso, dificulto que ella supiera quién era Manrique y que haya oído recitar aquello de: "Este mundo es el camino / para el otro qu'es morada / sin pesar; / más cumple tener buen tino / para andar esta jornada / sin errar." Sin embargo, pareciera que ésa fue su filosofía vital.  La larga vida que Dios le dio la transitó dándole a sus hijas lecciones, sin palabras, de cómo se quiere y se respeta a un marido.  De cómo se mantiene, sin errar, para usar las palabras del verso anterior, una casa bien controlada —a pesar de la vocinglería, el desorden y los gastos que generan diez hijos bien dinámicos y voluntariosos.  La casa, aunque doña Teresa nunca realizó labores manuales (aparte de tejer crochet incesantemente), siempre estuvo limpia; en la mesa siempre hubo un cubierto de más para cualquiera —familia, amigo o conocido— que llegara a la hora de la comida; siempre había un rimero inmenso de prendas bien almidonadas para los varones; siempre, pero con más frecuencia cuando su marido tenía almacén de telas, había ropa de estreno para las hijas.



Desde casi tres meses antes de morir, los médicos empezaron a preguntarse cómo, y por qué, seguía viviendo.  Corazón recrecido, problemas circulatorios, cáncer regado por todo el cuerpo, auguraban un final rápido; pero ella continuaba con vida.  Afortunadamente, era una paciente asintomática.  No tuvo dolores durante todo ese tiempo; comía con apetito, dormía bien, regañaba a la enfermera e increpaba a la mujer de servicio (esto último, en ella, era una muestra de normalidad).  Sólo los dos últimos días tuvo sufrimientos.  Aguantó hasta que los hijos que vivían en otros países y ciudades llegaron a su lado.  En ese punto y hora, cuando una de las hijas le dijo que ya debería estar llegando la monjita que le traía la comunión semanal, con la mayor naturalidad, dijo que era mejor que le trajeran al sacerdote para que le diera la extremaunción.  Así, tangencialmente y sin haber oído nunca de Manrique, dio otra lección a los hijos, pues, en palabras mucho más sencillas, discurría lo mismo que aquél: "No gastemos tiempo ya /  en esta vida tan mezquina / por tal modo / que mi voluntad está  / conforme con la divina / para todo; / y consiento en morir / con voluntad placentera, /  clara, pura, / que querer hombre vivir / cuando Dios quiere que muera / es locura."



Ya quisiéramos muchos, cuando nos toque, tener aunque fuera un poco de la mansa entereza, de la cristiana resignación, de la valiente sumisión que ella demostró en su hora final.  Claro que para esto se requiere que la persona haya vivido al ritmo de un corazón generoso y que pueda presentarse al Creador con un bagaje de obras buenas realizadas -dos condiciones que, estoy seguro, ella cumplió.  Sólo eso nos asegurará que la cara del Señor, cuando nos reciba, no será una faz adusta, con ceño fruncido, sino un semblante risueño, de buen talante.



Aunque nos cueste creerlo, no somos eternos; algún día tendremos que morir.  Y lo peor es que uno no sabe cuándo.  En ese sentido, no está de más que recitemos frecuentemente la advertencia que nos hizo el poeta: "Recuerde el alma dormida, / avive el seso y despierte, / contemplando / cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, / tan callando..." Hay que estar preparados, pues, en todo momento, para rendir cuentas.  Como ya lo hizo doña Teresa.



Y puesto que ella amó mucho y por mucho tiempo a todos los suyos —y, porque, además, sufrió mucho por ellos, ya que no todo fue un lecho de rosas—, desde la mansión celestial puede aseverar: "Partimos cuando nacemos, / andamos mientras vivimos, / y llegamos/ al tiempo que fenecemos; / así que cuando morimos / descansamos".


¿DERECHOS ABSOLUTOS?

Lo primero que me chocó fue el tono reclamón que estaba presente en todo el reportaje; luego, fue el matiz de certidumbre con el que presentaba algo que no pasaba de ser una tesis fácilmente refutable.  Pero no fueron esas particularidades las que motivaron a enfrentar este tema, sino el hecho de que se pone en peligro a valores esenciales para la conservación de la nacionalidad.  Me refiero a un reportaje aparecido en este diario la semana pasada en el cual un abogado que asiste a unos extranjeros presenta como un derecho absoluto el que tienen sus asistidos de obtener la carta de naturalización por el solo hecho de haberla solicitado.

El legista parte de una afirmación temeraria: que, por cuanto la Constitución prevé la posibilidad de que los extranjeros pueden obtener la ciudadanía venezolana, si éstos hacen la solicitud llenando todos los requisitos formales de la Ley de Naturalización a la autoridad nacional competente, a ésta no le queda sino concederla porque, si no, se estaría violando la norma constitucional.  Nada más falso.  La materia de naturalizaciones forma parte del derecho administrativo y, por tanto, no puede substraerse de la capacidad discrecional de los funcionarios.  Es por aquello de las “oportunidad y conveniencia” que debe tener siempre presentes la autoridad al tiempo de tomar una decisión.  Son ellas las pruebas del ácido a las que debe apelar el agente del Poder Ejecutivo luego de haber constatado que todas las demás variables legales han sido llenadas.

Y, me imagino, que la variable “conveniencia” es la que debe estar influyendo para que no se solucione el predicamento en el cual se encuentran los clientes del declarante.  Porque, ya casi al final de la entrevista —y luego de exigir la intervención del Presidente de la República y del Fiscal General para que se logre lo que él solicita— el abogado informa que sus clientes aparecen en las pantallas de los computadores del Cuerpo Técnico de la Policía Judicial porque “en algún momento fueron procesados por tribunales de justicia penal”.  ¡Ah, ya descubrimos dónde cantan las golondrinas!  Lo que pasa es que los solicitantes alguna vez fueron reos.  Lo cual da pie para que el funcionario —independientemente de la posibilidad de que el tribunal no haya encontrado méritos para proseguir la averiguación— empiece a preguntarse si está en el mejor interés de la república aceptar como conciudadanos a los solicitantes.

Posteriormente, el defensor añade un elemento más al tema y dice que sus defendidos “son víctimas de otros daños que afectan sus derechos patrimoniales dentro de la nación, tales como la adquisición de bienes y fortunas” precisamente por la falta de la carta de naturaleza.  Y la pregunta que me surge es: ¿Y de cuando acá, en Venezuela, un súbdito de una nación extranjera no ha podido comprar y vender propiedades, o hacerse rico, con sólo el pasaporte de su nacionalidad y la visa venezolana estampada en él?  Serán ellos los únicos, porque todos conocemos a más de uno nacido fuera de Venezuela que tiene propiedades y plata en el banco sin haber tenido otra cédula que la de residente.  Lo que falta ahora es que el abogado declarante diga que va a demandar a la República de Venezuela por los daños y perjuicios que han sufrido sus defendidos, ya que dizque son los únicos en este país que no han podido comprar ni una bicicleta porque no les han permitido nacionalizarse.

No es muy elegante que uno se cite a sí mismo (por lo que espero sepan disculparme), pero lo que sigue —además de demostrar que mi pensamiento no ha variado a través de los años— permite destruir la falacia abogadil de la obligatoriedad de otorgar cartas de naturalización.  En 1987, y a pedido de algunos profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad de Carabobo, escribí un ensayo para la publicación que sacaba su Centro de Estudios Internacionales (y que lamento decir que no he vuelto a salir desde hace algún tiempo).  Se llamaba: “La Potestad del Estado para Controlar a los Extranjeros” y, entre otras cosas decía: “En circunstancias normales, los extranjeros admitidos legalmente tienen ciertos derechos que le son necesarios para el disfrute de la vida privada ordinaria.  El Derecho Internacional no admite que se prive al extranjero de sus derechos de matrimonio y de familia, de adquirir bienes y de contratar, etc.  Pero, aparte de estos derechos, el Estado puede afectar a los extranjeros con ciertas incapacidades o medidas restrictivas tendentes tanto a la conservación de la seguridad nacional y el orden público, como para proteger los intereses de sus ciudadanos.”  Si eso es así, y si en Venezuela  al extranjero admitido legalmente y que se porta correctamente se le permite el disfrute de los derechos substantivos a que hicimos mención anteriormente, ¿a cuenta de qué hay que, a juro, obviando la conveniencia del país, concederle nuestra nacionalidad?

Espero que por mantener estos criterios no se me tache de chauvinista; porque no lo soy.  De hecho, mi fama es de ser todo lo contrario.  Soy el primero en reconocer cuánto se ha enriquecido Venezuela por la inyección de sangre extranjera; tengo el honor de llamar amigo a muchas personas no nacidas aquí y de ser recibido con genuina cordialidad entre las diferentes colonias que residen en Valencia; me gustaría que a muchos de ellos pudiera decirles paisano, y si tuviera que salir de avalista para que pudieran nacionalizarse, con mucho gusto lo haría.  Pero, de eso a que deba aceptar como connacional a todo aquél que llene los requisitos mínimos formales exigidos por la ley e introduzca la solicitud hay un trecho.  Y eso fue lo que me obligó a emitir estas opiniones.  Que creo son compartidas tanto por los criollos como por los musiúes que con nosotros viven.

CARTA AL JEFE DEL SENIAT


Muy abrumado señor: aunque no tengo el honor de conocerlo personal-mente, debo molestar su atención por algunas cosas que nos están haciendo quedar muy mal ante los ojos de muchas personas.  Y recurro a usted porque, según mi compadre Hugo, ahora, con la llegada de los oficiales del Ejército a las aduanas, éstas sí que se van a componer.

Usted se estará preguntando quién soy yo para tomarme el atrevimiento de importunar su apretada agenda.  Pues referencias mías —y espero que no las vaya a dar malas— puede pedírselas a su hermano, el que apodan “El Técnico”; quien me conoce bien, porque a ambos nos “rasparon el coco” el mismo día, cuando entramos a las Fuerzas Armadas.  Además, fueron muchas las “lisas” que nos tomamos él y yo en un localcito que quedaba en la planta baja de la Torre Norte del Centro Simón Bolívar, cuando esas bichas costaban real y medio y le ponían a uno, de ñapa, un platico de pasapalos.  Y usted sabe cuán bien se conoce las personas cuando se miran a través de la ambarina substancia.  Pero, me estoy extendiendo mucho; así que permítame entrar en materia.

Tengo en mi mano la forma del SENIAT que debe ser llenada por todos quienes ingresen a Venezuela a través de una aduana marítima, aérea, o terrestre.  Me refiero a la “C-82”.  Ya desde su mismo comienzo uno observa errores de lenguaje (en español e inglés) que nos hacen quedar muy mal parados.  Comienzo por el nombre oficial: “Declaración de Aduanas para Equipaje”.  Ese nombre es un galimatías; uno no declara la aduana para el equipaje, sino lo contrario.  Ordene que le pongan, como debe ser, “Declaración de Equipaje para Aduanas”.

Y si fuera sólo eso.  Pero es que el traductor que empleó el SENIAT debe ser el mismo que hace años tradujo —para un hotel muy reconocido— unas instrucciones para bañarse en la piscina.  En ellas se exigía que, antes de zambullirse, los usuarios se dieran una ducha.  Lo cual está muy bien.  El problema es que tradujo “ducha” como “douche”, que en inglés es una cosa que sólo se pueden hacer las señoras y en la cual el agua no cae en gotas de arriba hacia abajo —sino en chorro y en contra de la gravedad— y lleva vinagre (o alumbre, por exigencias de algunos maridos).  Pero estoy fuera de perol.  Lo que quería señalar es que, mientras en español la forma debe ser llenada por el “jefe de la familia”, en inglés tal cosa debe ser hecha por el responsible family member”; que no quiere decir lo mismo y que insulta a los demás miembros de la familia, a quienes se les reputa, tácitamente, de “irresponsables”.  ¿No hubiera sido más apegado al texto original poner: “the head of the family”?

Al comienzo se explica que hay que llenar una sola forma cuando se viaja con “cónyuge, ascendentes y descendentes directos”.  Así, mi querido coronel, sin las íes que exigen los académicos cuando a ancestros y a vástagos se refiere uno.  Y otra cosa: lo de “directos” está de más.  No importa lo que le digan sus abogados; en castellano correcto sólo se es “ascendiente”, o “descendiente”, en la rama directa.  Lo que pasa es que se confunden con “parentesco”.

Pero si eso es por la parte delantera, el reverso es más descacharrante aún.  Comienza con un horrible gerundio donde debería estar un verbo en indicativo: Do you bringing?  Una de dos: o pone Are you bringing?, o usa: Do you bring?  Pero regresemos nuestro idioma.  En ese mismo párrafo se nos pregunta si traemos: “armas, municiones y explosivos”; con esa “y” conjuntiva que le permitiría a cualquier terrorista pasar por la aduana con una ametralladora llena de balas sin que pueda ser detenido, porque el puede alegar que los tacos de dinamita necesarios para hacer ilegal al trío se le quedaron.  ¡Qué distinto si se hubiera usado la “o” disyuntiva!  Resultaría que para traer una sola de esas cosas debería obtenerse autorización previa.

La descripción de los bienes que deben ser declarados lo pone a pensar a uno.  Los que hablan español pueden ingresar “coches para niños”, en plural; los gringos, uno sólo.  Con las máquinas de escribir sucede lo contrario, los de habla inglesa pueden traer varias; nosotros, una.  Al principio me lo expliqué diciendo: el traductor cree en el determinismo geográfico y se figura que los musiúes son más inteligentes y trabajadores que nosotros y que, por eso, tienen un sólo niño y escriben más.  Estaba pensando mal.  Imagínese que a ellos les permite ingresar un computer solamente, y a nosotros varias computadoras.  ¡El hombre está por el desarrollo de la patria, no jile!

Lo de traducir “artículos de consumo” por “ownership” no me lo explico; pero el juramento final lo atribuyo a ese realismo mágico que está invadiendo (otra invasión más) a Venezuela y por el cual se jura sin jurar (igualito que mi compadre).  Resulta que un español debe jurar que lo que declara es verdad; mientras que un inglés sólo debe “testificar” eso.  En este párrafo los errores ortográficos son más que eso, son horrores.  Comenzando con un herevy que debería ser hereby; continuando con un “I am liables” en el cual el sujeto no concuerda en número con el predicado, y terminando con una admisión del pobre gringo de que él es responsable penal y civilmente ¡por haber declarado la verdad!

Corrija eso, mi coronel, que —para ponerlo en las palabras del ceremonial— Dios, la Patria y todos los que estamos sintiendo pena ajena se lo vamos a agradecer...

CARTA A MI COMPADRE BILL


 
Mi querido compadre: el día que ha de llegarle esta misiva es el mismo en que está previsto que sus abogados terminen los alegatos en su favor y que el Senado empiece a deliberar para dictar sentencia en un caso que nunca debió haber llegado a los niveles de escatología a los que los hizo descender ese vojeuriste de Ken Starr, un tipo que es capaz de levantarle los fustanes a la ciega diosa de la Justicia para ver lo que hay debajo.  Él, actuando por instrucciones de los antagonistas políticos suyos, quiere verle el hueso; pero, no se preo-cupe, no va a acontecer nada distinto a lo que le sucedió a otro presidente demócrata en el siglo pasado, Andrew Johnson.


¡Y el caso es igualito!  Los republicanos, que tenían tanta mayoría en el Congreso que podían condicionar la acción del Ejecutivo mediante la emisión de leyes y hasta de imponerse por sobre los vetos que el presidente produjera, no se conformaban con eso; querían salir de Johnson, un adversario que, al igual que usted, estaba teniendo éxito en su cometido —él, en la reconstrucción pacífica de la nación, luego de la Guerra Civil; usted, en la búsqueda del avance económico de sus paisanos.  Por lo menos, en los sayones de ayer había el afán de poner en la presidencia a uno de los suyos, el presidente del Senado.  Pero, ahora, ¿qué lo justifica? Ya las elecciones de mitad de período pasaron.  Y fueron un tiro por la culata para los republicanos; quienes, echándoselas de: holier-than-thou, trataron de ganar votos apareciendo como santos varones.  Cosa que no eran —según tuvieron que admitir, luego, los principales ajusticiadores suyos: Livington y Hyde— y que pareciera que no es esencial para ser un buen presidente. 

Lo cual me lleva al meollo de lo que quería comentarle: ¿Debe ser el presidente un ejemplo moral?  La respuesta pasa, necesariamente, por esclarecer lo que se entiende por “ejemplo moral”.  ¿Es éste una persona que en lo íntimo es virtuoso y que vive una existencia intachable?  ¿O, por el contrario —independientemente de sus infidelidades conyugales, o su desordenada vida— uno que asume cargo para ejecutar políticas que tiendan al logro de los altos objetivos del país y a inspirar a los ciudadanos a la búsqueda del bien general en la sociedad?  Yo creo que es esto último, compadre.

Claro que si se logra combinar la pureza personal con la destreza política para llevar a la nación hacia su engrandecimiento, mucho mejor.  Pero ese ideal ha eludido a la mayoría de los gobernantes en cualquier parte del mundo.  Ustedes han tenido algunos presidentes que han sido excepcionales porque supieron combinar una vida privada intachable con un desempeño oficial admirable.  Lincoln fue uno.  Yendo a contrapelo, las más de las veces, con lo que era la opinión pública de su período, condujo al país en medio de una guerra atroz y libertó a los esclavos.  Al mismo tiempo, para todos era “Honest Abe”, un hombre tan modesto que no se creía adecuado para el cargo.  Otro fue Teodoro Roosevelt, un gringo que ha sido demonizado en nuestros países del sur por aquello del “gran garrote”, pero que, además de haber sido un adalid de la honradez en el gobierno —y de, poca gente lo sabe, haber ganado un premio Nobel de la paz por sus esfuerzos para la finalización de la Guerra Ruso-Japonesa— andaba, para arriba y para abajo, con sus cinco hijos.

Otros han sido muy puros en lo personal, pero no buenos presidentes.  Fíjese en Hoover, un hombre tan escrupuloso que no cobraba su sueldo (no lo necesitaba, era millonario) pero que fue el presidente de la Gran Depresión.  ¿Y qué decir de Carter?  Sus admirables condiciones personales no lograron impulsar a sus paisanos hacia altos niveles conductuales y de desempeño en un momento en que la nación lo necesitaba gravemente.  Menos mal que se ha reivindicado hasta llegar a ser el mejor ex-presidente que ha tenido Estados Unidos.

Al igual que usted, mi querido compadre, su país ha tenido presidentes muy eficientes en lo oficial y algo descocados en lo personal.  Pongo el caso de el otro Roosevelt, Franklin; quien para muchos ha sido el más efectivo mandata-rio que ha tenido su nación, y quien era reverenciado a pesar de tocarle forzar a los americanos a hacer grandes sacrificios durante la Gran Depresión y durante la Segunda Guerra Mundial; pero que en su vida personal no era ningún modelo.  A pesar de estar restringido a una silla de ruedas, mantuvo un ju-jú bien prolongado con su secretaria, Lucy Mercer.  Y Eleanor, según un libro que salió últimamente, tampoco era muy honesta que digamos y se vengaba de su marido.  ¡Claro que para entrarle a una vieja tan fea como ella hay que estar bien rasca-do, compadre!  Otro bragueta-brava era John Kennedy.  Y fíjese lo que son las cosas, compadre.  Mucha gente comentaba sus bochinchitos con estrellas de cine —entre ellas esa porquería de mujer que llamaban Marylin Monroe— pero en él, esas pillerías lo que hacían era realzar su figura.  Pa’ mí, compadre, que a usted lo que lo está envainando es esa partida de gays que han decidido salir del closet y descararse ante la sociedad.

Quería decirle más cosas, compadre; pero se me acabó el papel.  Sólo me resta desearle que los senadores entiendan que cambiarlo a usted por Al Gore (que no sabe ni deletrear potato) es como cambiar la mamá por un burro.  Mis saludos a la comadre Hillary (aunque no sé si se están hablando últimamente) y la bendición para la ahijada, Chelsea.

Postdata.  Quizás, yo deba compartir parte de la culpa de lo que le pasa a usted.  Porque yo lo que le recomendaba era que consiguiera una que, además de una garganta profunda, tuviera una boca grande, y usted entendió, defectos de traducción, una bocona; que es otra cosa.

APRENDAMOS DE KUNDERA



El pasado miércoles, después de una conferencia en la cual el Ing. Díaz Carabaño disertó con bastante profundidad, acierto y amenidad acerca de las razones históricas de las migraciones italianas al nuevo mundo, varios amigos nos acodamos en una barra para continuar el tema al lado de una copa.  Luego de un rato, alguno de los presentes cambió el tema y comentó acerca del artículo mío que había salido ese día y que se refería a la calidad de la educa­ción que reciben nuestros hijos. El final de su intervención fue, además de enfá­tica, muy admonitoria: "O arreglamos el desorden en las escuelas, o no habrá Venezuela en el año dos mil".



Más vale que no. Todo el mundo quiso hablar a la vez, pero no para llevarle la contraria al opinante, sino para reforzar —cada uno, desde su punto de vista; todos, de manera atropellada— la idea. El artículo de hoy, pues, no es sino un intento de poner en orden un par de cosas de las que se dijeron allí.



Primero, analicemos lo más impor­tante: lo relacionado con nuestra capaci­dad para comunicarnos con los demás. Uno de los presentes se quejó de que el arsenal de palabras en poder del joven promedio de hoy no sobrepasa los dos mil vocablos. Los demás tuvimos que darle la razón. Uno me pidió opinión acerca de las causas de este fenómeno. Yo opiné (opino) que se debe a que el programa de estudios de Castellano y Literatura se fue por el drenaje cuando los “planificadores de la educación" deci­dieron que no era necesario que los estudiantes leyeran los libros "difíciles de entender", (según ellos). Que lo que impera en nuestras aulas en el día de hoy, es el equivalente literario de la comida rápida, una suerte de "síndrome del perro caliente": llena un espacio, pero no alimenta.



Con la historia sucede algo parecido. Los "sabios" que estaban en el Ministerio de Educación hace algunos años decidieron que la enseñanza de "fechas y hechos" estaba fuera de moda; que lo moderno, educacionalmente hablando era enseñar "destrezas" y "conceptos". Vale decir, que no es importante que los alumnos sepan en qué año, dónde, cómo y por cuáles causas los venezolanos decidieron independizarse de España; sino que sepan dónde encontrar infor­mación acerca de ese caso, en la remota eventualidad de que les interese.



Pues, no señor, eso no basta. No niego que los conceptos son importantes; lo que alego es que no constituyen el todo. Propongo, como ejemplo, un con­cepto que es de capital importancia para el futuro de Venezuela: el de la gratui­dad de la instrucción. Si nos quedamos en lo abstracto, sin analizar los ingre­dientes históricos de: causa, origen, propósito y limitaciones (que es como lo han hecho los que han llevado al país a la bancarrota ética y económica) tene­mos que llegar a una conclusión errónea: que es moral y legalmente acepta­ble que un tipo pueda permanecer doce o catorce años en una universidad sin tener que desembolsillar   un solo centavo para estudiar una carrera liberal para la cual no tiene los niveles intelectivos suficientes y de la cual se iría a lucrar (en el remoto caso de que llegara a graduarse).      



No podemos permitir que la conciencia histórica se siga erosionando, ni que el dominio del idioma se minimice cada vez más. Si lo hacemos, nos estaríamos causando a nosotros mismos un dañó idéntico al que una nación enemiga trataría de ocasionarnos en su empeño de destruirnos. Quien crea que exagero no tiene sino que leer a Milan Kundera, el premio Nobel, cuando describe los esfuerzos metódicamente realizados por las autoridades soviéticas en Praga y otras ciudades checas durante la ocupa­ción. Lo que se buscaba era borrarla memoria histórica de los habitantes para, así, facilitar la dominación. Todo el plan se concentraba en tres acciones: proscribir la literatura nacional trascen­dente, diluir la enseñanza de la historia y destruir los monumentos y las esta­tuas.

¡AH, LAS MEDALLAS!

 

Un día como hoy, en 1803, Napoleón Bonaparte, entonces Primer Cónsul, creó la Legión de Honor, la máxima condecoración que otorga el gobierno francés, todavía hoy.  Para lograr eso, el corso tuvo que enfrentarse a la resistencia que le oponía la Asamblea Nacional, corporación que había eliminado, pocos años antes y por aquello de la égalité, todas las distinciones que otorgaba l’Ancien Régime.  Pero Bonaparte —que tenía claro que el sueño jacobino de la milimétrica igualdad de los ciudadanos no pasaba de ser una quimera sustentada por unos pocos teóricos que nunca habían tenido que dirigir hombres— se enfrentó a los alegatos de los parlamentarios y les dijo: “Muéstrenme una república, antigua o moderna en la que no hubiese condecoraciones.  Ustedes llaman a esto bagatelas y quincallería.  ¡Bien!  Pero es con estos oropeles que uno dirige a los hombres... No creo que el pueblo francés ame la igualdad... Sólo tienen una pasión; a ésta yo la llamo Honor.  ¡Pero esta pasión hay que cuidarla y mantenerla!  Por eso hay que dar medallas”.




Y tenía razón.  Las distinciones han demostrado desde hace mucho tiempo ser un estímulo muy poderoso del género humano.  No sólo los corredores olímpicos, sino los combatientes helenos esperaban ramas de olivo y de palma por sus esfuerzos.  Más tarde, los strategos griegos esperaban ser esculpidos en mármol.  Los generales romanos tenían derecho a entrar en medio de un desfile triunfal en Roma, luego de sus victorias en defensa o engrandecimiento del imperio; a sus subalternos se les daban coronas y premios en metálico.  Pero las condecoraciones, como las conocemos hoy en día, son un invento relativamente reciente.  Y tienen tres ramas distintas de origen.

La primera deviene de las órdenes monásticas militares de la Edad Media.  Durante las cruzadas, los monjes templarios y hospitalarios eran la encarnación más patente de “A Dios rogando y con el mazo dando”.  Peleaban y oraban.  Y ejercitaban la caridad con los que antes habían herido y los atendían en hospitales.  El de San Juan de Acre fue el más famoso y dio pie a la condecoración más antigua que todavía se concede: la Orden de Malta.  De esas órdenes de caballería religiosas devinieron las órdenes seculares cortesanas, en las que el rey admitía a los más nobles del país.  Por ejemplo, la Orden de la Jarretera, creada en 1348 por Eduardo III, y en la cual no caben sino veinticinco miembros.  Por cierto, que Winston Churchill la rechazó la primera vez que se la concedieron, al final de la Segunda Guerra Mundial, pero luego de haber perdido las elecciones y, por tanto, el cargo de Primer Ministro.  Su natural sarcasmo fluyó en esa ocasión: “No puedo aceptar del rey la Orden de la Jarretera —que como su nombre lo indica va en la pierna, añado yo— después que el pueblo me ha otorgado la Orden de la Patada”.  Pero regresemos a lo que íbamos: Las órdenes no era algo que se concedía, sino algo a lo que se era admitido.  No era tanto un emblema como una comunidad.

La segunda rama sí tiene la característica de una distinción: es ya una insignia que se concede a alguno por un mérito especial.  En 1797, antes de lograr la creación de la “Legión de Honor”, Bonaparte mandó a hacer cien sables de honor, con empuñadura de oro, para premiar a los soldados más destacados durante la Campaña de Italia.  La Cruz de Hierro alemana deviene de la creada por Federico Guillermo en Prusia a comienzos del siglo XIX.  La Cruz de Victoria inglesa se originó en la Guerra de Crimea y es, quizás, la que exige mayores dosis de heroísmo para ser obtenida y, por tanto la menos otorgada.  Después de las grandes guerras de la primera mitad de nuestro siglo, las medallas proliferaron y ya no era sólo para premiar un acto distinguido, sino para reconocerle a una persona haber estado en una campaña —haya combatido, o no.  El mejor ejemplo es Vietnam: todo gringo uniformado que fue allá regresó con tres medallas, aun los que no eran sino mesoneros en los clubes de oficiales y el único peligro que corrían era el de sufrir una cirrosis.

La tercera rama indica un avance cultural del genero humano porque no es sino la sublimación de los salvajes trofeos de guerra.  Después del invento de las medallas, el guerrero no tiene, como hacían los pieles rojas, que presentar los cueros cabelludos de los que había matado en combate; ni amputar los miembros de los enemigos —orejas, en las guerras del Islam; narices, en el México revolucionario; manos, en toda América del Sur en tiempo de las guerrillas— para llevar con doble propósito: como trofeos y como sistema de contabilidad de las bajas enemigas.  La condecoración es, pues, como un pasaporte a la virilidad.  Porque parece que el soldado tiene el derecho a mostrar el testimonio de su fuerza y su espíritu combativo ante los demás; sean éstos otros soldados, paisanos timoratos y —principalmente— deslumbrables personas del bello sexo.  De manera, pues, que si el Estado quiere evitar el saqueo y la mutilación de cadáveres tiene que dar condecoraciones.

Sentido de pertenencia, afán de distinción, o sublimación del salvaje que llevamos por dentro son tres vías legítimas para exaltar al hombre.  Lo malo es que últimamente, hay personas que las buscan desaforadamente y hasta tienen la desfachatez de proponer, ellos mismos, sus nombres, siendo que sus acciones no tienen nada de relevante, la medianía es su leitmotiv y la torpeza moral, su característica más palmaria...