martes, 3 de enero de 2012

¡AH, LAS MEDALLAS!

 

Un día como hoy, en 1803, Napoleón Bonaparte, entonces Primer Cónsul, creó la Legión de Honor, la máxima condecoración que otorga el gobierno francés, todavía hoy.  Para lograr eso, el corso tuvo que enfrentarse a la resistencia que le oponía la Asamblea Nacional, corporación que había eliminado, pocos años antes y por aquello de la égalité, todas las distinciones que otorgaba l’Ancien Régime.  Pero Bonaparte —que tenía claro que el sueño jacobino de la milimétrica igualdad de los ciudadanos no pasaba de ser una quimera sustentada por unos pocos teóricos que nunca habían tenido que dirigir hombres— se enfrentó a los alegatos de los parlamentarios y les dijo: “Muéstrenme una república, antigua o moderna en la que no hubiese condecoraciones.  Ustedes llaman a esto bagatelas y quincallería.  ¡Bien!  Pero es con estos oropeles que uno dirige a los hombres... No creo que el pueblo francés ame la igualdad... Sólo tienen una pasión; a ésta yo la llamo Honor.  ¡Pero esta pasión hay que cuidarla y mantenerla!  Por eso hay que dar medallas”.




Y tenía razón.  Las distinciones han demostrado desde hace mucho tiempo ser un estímulo muy poderoso del género humano.  No sólo los corredores olímpicos, sino los combatientes helenos esperaban ramas de olivo y de palma por sus esfuerzos.  Más tarde, los strategos griegos esperaban ser esculpidos en mármol.  Los generales romanos tenían derecho a entrar en medio de un desfile triunfal en Roma, luego de sus victorias en defensa o engrandecimiento del imperio; a sus subalternos se les daban coronas y premios en metálico.  Pero las condecoraciones, como las conocemos hoy en día, son un invento relativamente reciente.  Y tienen tres ramas distintas de origen.

La primera deviene de las órdenes monásticas militares de la Edad Media.  Durante las cruzadas, los monjes templarios y hospitalarios eran la encarnación más patente de “A Dios rogando y con el mazo dando”.  Peleaban y oraban.  Y ejercitaban la caridad con los que antes habían herido y los atendían en hospitales.  El de San Juan de Acre fue el más famoso y dio pie a la condecoración más antigua que todavía se concede: la Orden de Malta.  De esas órdenes de caballería religiosas devinieron las órdenes seculares cortesanas, en las que el rey admitía a los más nobles del país.  Por ejemplo, la Orden de la Jarretera, creada en 1348 por Eduardo III, y en la cual no caben sino veinticinco miembros.  Por cierto, que Winston Churchill la rechazó la primera vez que se la concedieron, al final de la Segunda Guerra Mundial, pero luego de haber perdido las elecciones y, por tanto, el cargo de Primer Ministro.  Su natural sarcasmo fluyó en esa ocasión: “No puedo aceptar del rey la Orden de la Jarretera —que como su nombre lo indica va en la pierna, añado yo— después que el pueblo me ha otorgado la Orden de la Patada”.  Pero regresemos a lo que íbamos: Las órdenes no era algo que se concedía, sino algo a lo que se era admitido.  No era tanto un emblema como una comunidad.

La segunda rama sí tiene la característica de una distinción: es ya una insignia que se concede a alguno por un mérito especial.  En 1797, antes de lograr la creación de la “Legión de Honor”, Bonaparte mandó a hacer cien sables de honor, con empuñadura de oro, para premiar a los soldados más destacados durante la Campaña de Italia.  La Cruz de Hierro alemana deviene de la creada por Federico Guillermo en Prusia a comienzos del siglo XIX.  La Cruz de Victoria inglesa se originó en la Guerra de Crimea y es, quizás, la que exige mayores dosis de heroísmo para ser obtenida y, por tanto la menos otorgada.  Después de las grandes guerras de la primera mitad de nuestro siglo, las medallas proliferaron y ya no era sólo para premiar un acto distinguido, sino para reconocerle a una persona haber estado en una campaña —haya combatido, o no.  El mejor ejemplo es Vietnam: todo gringo uniformado que fue allá regresó con tres medallas, aun los que no eran sino mesoneros en los clubes de oficiales y el único peligro que corrían era el de sufrir una cirrosis.

La tercera rama indica un avance cultural del genero humano porque no es sino la sublimación de los salvajes trofeos de guerra.  Después del invento de las medallas, el guerrero no tiene, como hacían los pieles rojas, que presentar los cueros cabelludos de los que había matado en combate; ni amputar los miembros de los enemigos —orejas, en las guerras del Islam; narices, en el México revolucionario; manos, en toda América del Sur en tiempo de las guerrillas— para llevar con doble propósito: como trofeos y como sistema de contabilidad de las bajas enemigas.  La condecoración es, pues, como un pasaporte a la virilidad.  Porque parece que el soldado tiene el derecho a mostrar el testimonio de su fuerza y su espíritu combativo ante los demás; sean éstos otros soldados, paisanos timoratos y —principalmente— deslumbrables personas del bello sexo.  De manera, pues, que si el Estado quiere evitar el saqueo y la mutilación de cadáveres tiene que dar condecoraciones.

Sentido de pertenencia, afán de distinción, o sublimación del salvaje que llevamos por dentro son tres vías legítimas para exaltar al hombre.  Lo malo es que últimamente, hay personas que las buscan desaforadamente y hasta tienen la desfachatez de proponer, ellos mismos, sus nombres, siendo que sus acciones no tienen nada de relevante, la medianía es su leitmotiv y la torpeza moral, su característica más palmaria...

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