sábado, 11 de febrero de 2012

ESCRITO EL 20 DE JULIO

Acabo de regresar de la plaza Bolívar, donde se llevó a cabo la ceremonia organizada por el Consulado de Colombia par celebrar el día nacional.  Al momento de sentarme a escribir, mi ánimo está lleno de recuerdos gratos de los tiempos en que viví en Bogotá, cuando era miembro de nuestra embajada allí; de los muchos amigos que tengo en diferentes ciudades de ese país, desde expresidentes hasta amansadores de potros; de las muchas veces que he estado por esas tierras gozando de la hospitalidad de parientes, de las atenciones de amigos y de la camaradería de compañeros de armas; representando a mi patria en asuntos oficiales y —ahora lo puedo decir— realizando labores de espionaje. La sensación de placidez es tal, que, aunque tengo razones para abor­dar otros temas que me tocan más de cer­ca, prefiero hablar de Colombia.

Al igual que muchos venezolanos, la primera vez que escuché hablar de ese país fue cuando estaba en primaria y una maestra nos contó de Ricaurte, "un oficial neogranadino que dio su vida por la independencia de Venezuela". "¿Neogranadino?, ¿y eso qué es, maestra?", preguntó uno de nosotros; y ella respondió —al igual que otras miles de maestras al contestar la misma pregunta en toda Venezuela— "es lo que ahora llaman colombiano...".  De ahí en adelante me hice a la idea de que los colombianos son gente capaz de sacri­ficar la vida por una causa noble.  Viene a mi mente la hermosa frase que Rafael Núñez le dedicó a Ricaurte en la letra del himno colombiano: "En átomos volando, deber antes que vida; con llamas escribió”.

Recién graduado, me enviaron a servir en la frontera.  Todavía los políticos a am­bos lados de la raya no habían inventado el ardid de azuzar la guerra entre los dos países como añagaza distractora para mantener embobadas a una y otra poblaciones, mirando hacia afuera y, así, evitar que vieran las sendas tortas que estaban poniendo. Por eso, la vida de guarnición era —si puede decirse— binacional; los ofi­ciales venezolanos íbamos a los cuarteles de las unidades colombianas y viceversa.  Frecuentes eran los convites a almuerzos de camaradas, a competencias de tiro, a bai­les en los casinos militares, a actos los días de fiesta nacional, etc.  Desde esos tiem­pos aprendí que los colombianos son generosos anfitriones; que les gusta com­partir lo que tienen, así sea poco; que alternan socialmente dando demostraciones de una educación cívica excelente y de un trato fino y respetuoso, casi rayano en lo ceremonioso.

En esa misma época empecé a enten­der el drama de la violencia política.  Eran los años de enfrentamiento entre las guerrillas liberales y las conservadoras; y de unas y otras contra las fuerzas militares de la nación.  Por boca de los oficiales colombianos me enteraba de los desmanes que realizaban los "chusmeros" en el área rural; sucesos que luego me confirmaban los campesinos desplazados de Santander; Tolima y Huila que venían, huyéndole a la muerte, a aposentarse en las zonas inhóspitas del sudeste tachirense y el Alto Apure.  Al poco tiempo ya habían hecho florecer la tierrita y se los veía afanosos, buscando progresar.  Desde esos días aprendí que los colombianos son insignes trabajadores; que no se les agua el ojo ante las tareas, por formidables que sean; que saben aguantar estrecheces si está de por medio un mejor futuro para sus hijos.

Puede decirse que las poblaciones de Guacas, El Nula, El Cantón, Puerto Teteo, El Jordán, Cutufí y El Piñal —-y mu­chas otras de nombres tan desconocidos para el común de los venezolanos como éstas— fueron fundadas por esos refugiados. Estos caseríos, hoy tan convulsiona­dos, eran un remanso de paz, prosperidad y trabajo.  Y de eso debo dar testimonio aquí: mientras fui comandante en esa región nunca tuve que atender un solo al­tercado, una sola riña, a pesar de que los fines de semana todos iban al pueblo a beber aguardiente fornecidos con tremendos puñales.  Fue cuando aprendí algo que luego he podido ratificar en muchas ocasiones; que los colombianos anhelan, por sobre todo, la paz para su patria, pero que, como si fuera una maldición, esa me­ta elusiva se aleja de ellos cada vez, que —sin importar lo rápido que avancen— in­tentan acercársele.

Fueron los tiempos, también, en que conocí a la única novia que tuve y la que es hoy mi mujer.  Nació en Cúcuta, pero hija de padre venezolano.  Y es que hubo un tiempo en nuestra historia en el que los venezolanos éramos los que migrábamos hacia Colombia; unos porque Gómez los tildó de "malos hijos de la patria" y tuvieron que evitar las mazmorras, y otros porque la dinámica económica era mayor de aquel lado.  Que fue el caso de don Car­los, mi suegro.  Fueron tres años de noviazgo casto, con muchas chaperonas, que condujeron al casorio.  Fue entonces cuando comprendí, de veras, que las colombia­nas —me imagino que los colombianos también— saben querer con intensidad, cariño y ternura, son apasionadas, celan con sentido casi propietario y (esto lo aprendí después) son capaces de mantener viva la flama del amor aun muchos años después de la boda.

Esas y otras son las virtudes que adornan a los colombianos.  De los defectos (que son muchos) no deberíamos hablar cuando se celebra el día nacional; lo cual no quiere decir que no pueda tocar ese tema en un futuro cercano. Por eso, —y aunque con tres días de retraso— ¡felicidades, paisitas!

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