sábado, 11 de febrero de 2012

LEFEBVRE


Hay quienes —en la equivocada creencia de que soy descendiente de la Sibila de Cu­mas— me disparan preguntas que no son fá­ciles de contestar.  Cuando me demoro en responder o salgo con una babiecada (que es lo que sucede con más frecuencia), o francamente les dejo saber que desconozco la materia; adoptan cara de desilusionados y, como para "ponérmela más bombita", a ver si logro batearla, me dicen: "no tiene que contestarme ahorita, medítelo un poco y me responde en su columna".

Yo agradezco esos retos, a pesar de las miradas de conmisera­ción que los acompañan, porque me ayudan a sacar adelante estos artículos. Que es lo que voy a intentar hoy con un requerimien­to que de manera reiterada, y a veces hasta con claro aire inquisidor me han estado ha­ciendo últimamente. Palabras más, palabras menos, lo que se me ha planteado es: ¿Qué opina usted acerca de lo que afirman por ahí referente a que un suboficial de las Fuerzas Armadas va ganar más que un profe­sor universitario?

La pregunta me pone en un disparadero porque, por una parte, soy militar y, por tanto, deberé ser beneficiario de la largueza de don Rafael y, por la otra, profesor de mu­chos años en el tercer nivel de educación y, consecuentemente, alguien que cree que de­berían pagársele mejor las horas de clase que imparte. Voy, sin embargo, a tratar de satisfacer la curiosidad de los amigos. An­tes, y porque viene al caso, déjenme que les cuente un hecho de la vida real.
        
François-Joseph Lefebvre ingresó en la carrera militar en 1773.  Cuando ocurrió la Revolución Francesa era sargento y, por su valentía en combate durante la guerra que los monarcas europeos hicieron a los revolu­cionarios, fue ascendiendo hasta llegar a comandante del Ejército del Sambre el Meuse y a gobernador de París. Estando en esa posición acompañó a Napoleón en el gol­pe del 18 del Brumario. Con Bonaparte si­guió su carrera de valientes triunfos —tanto, que Napoleón lo escogió para que llevara la espada de Carlomagno en la ceremonia en la cual el corso se coronó emperador— y llegó a recibir el título de duque y el grado de mariscal. Todo es­to, sin importar que hubiera salido de muy abajo y estuviera casado con una mujer analfabeta y desinhibida; tanto, que la so­ciedad parisina la bautizó con el mote de Madame Sans-Gêne (Señora Desvergüen­za).

Ya siendo noble, recibió la visita de un amigo de infancia que no podía ocultar la envidia que le tenía a Lefebvre por la lujosa casa donde vivía. "Así que estás celoso", le dijo el mariscal, "Tres bien, mon cher ami; salgamos al jardín y yo te dispararé veinte pistoletazos a treinta pasos. Si quedas in­demne, te puedes quedar con la casa y todo lo que contiene. A mí me dispararon más de mil veces a esa distancia antes de poder te­ner una residencia como ésta".

Esa es una de las razones que pueden ale­garse a favor de un buen sueldo para los mi­litares: los riesgos físicos que se corren.  En mi caso, por ejemplo, los mayores peligros que corro al dar clases son: que se me aca­lambren las piernas por las seis horas que paso parado —en razón de mi ances­tro italiano, no sé hablar sentado— y la rini­tis que me causa el polvo de tiza cuando bo­rro el pizarrón. Por el otro lado, mientras estuve activo en las Fuerzas Armadas, re­cibí fuego hostil varias veces en la frontera y en guerrillas, tuve que desarmar a subal­ternos alzados y ebrios, sufrí fracturas de brazo y pierna por estar de estricto super­visor; mi lancha estuvo a punto de zozobrar patrullando el Golfo de Venezuela, un he­licóptero en que viajaba se desplomó (de poca altura, gracias a Dios) por falla en las bombas de combustible, y hasta un mes de hospital, herido de granada, me calé.

Otra manera de contestar esa pregunta es siendo cínico. Por ejemplo: uno pudiera alegar que es un asunto de oferta y deman­da, ya que en Venezuela hay más profesores universitarios que sargentos; pero no lo haré. Más bien, aduciré que, en una sociedad imperfecta, los ingresos no necesaria­mente reflejan el nivel de importancia del cargo, ni se correlacionan con el intelecto requerido para ejercerlo; mucho menos con el tamaño de la responsabilidad que trae aparejada. Yo estoy seguro de que una meso­nera de la avenida Lara gana más que una enfermera graduada; que el Torero Pista­chero, esa simpática figura del parque de beisbol y de la plaza de toros, tiene más in­gresos que un cura; que un chofer de gandola percibe más sueldo que un general, y que un maquinista de un Caterpillar; al final del mes, se mete en el bolsillo más plata que el Presidente Caldera.

¿Serán éstas las razones correctas? No sé. Dos cosas sí tengo claras: que, en un país al que le urge desarrollarse, una huelga uni­versitaria de cuatro meses y que no busca la excelencia del proceso enseñanza-aprendi­zaje, sino meras ventajas económicas para los profesores, es un crimen de lesa patria; y que los miembros del claustro universitario —que deben ser apóstoles del saber y predi­cadores de la civilidad— no deberían correr el riesgo de que los equiparen con los "traba­jadores de la enseñanza , para usar el deprimente­ cognomento con el cual se han au­to-degradado los "educadores" afiliados a sindicatos.

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