sábado, 11 de febrero de 2012

LA TOMA DE LA CICUTA



Cada año, las noches del final de febrero las dedico a la preparación de las clases de Filosofía que doy en Caracas.  Estando en eso —y como los primeros temas del programa exigen que se analice el pensamiento de los griegos del Siglo de Oro— revisé un libro que había comprado hace años, pero que no había podido leer.  Es The Trial of Socrates de I. F. Stone, un periodista estadounidense  ya muy anciano.  Y fue toda una sorpresa, pues pone al juicio del pensador en una interesante perspectiva.  Sugiere que Sócrates deseaba morir.



Como se sabe, Sócrates fue sometido a juicio por pregonar ideas que corrompían a la juventud ateniense.  Se sabe, también, que Sócrates se defendió a sí mismo, presentando sus alegatos ante un jurado compuesto por quinientos atenienses y que éstos desecharon explicaciones y lo condenaron a morir envenenado.  Todo eso lo sabemos porque el más famoso de sus discípulos, Platón, lo narró en su “Apología”.  Ahora, Mister Stone nos recuerda que ese no es el único texto que relata el evento y nos sugiere que, si queremos saber la verdad de lo acontecido, repasemos la Memorabilia de Jenofonte —otro discípulo, no tan renombrado como el de los anchos hombros, pero si famoso por derecho propio, pues era, al mismo tiempo un valeroso general y un cultivado escritor.



Confieso que lo único que había leído (varias veces) de Jenofonte era la Anabasis Kirou, el relato donde narra sus combates en Persia, a las órdenes de Ciro.  Me gusta tanto que, cada año, impongo como lectura obligatoria para mis alumnos  el capítulo que reseña el repliegue —comandando a diez mil griegos y recibiendo incontables ataques— por más de mil quinientos kilómetros, atravesando medio Irán, el Kurdistán y Armenia, hasta llegar al Mar Negro.  Sólo recientemente fue cuando leí el texto que recomienda Mister Stone.



Jenofonte nos informa que el tono que empleo Sócrates en su defensa les causó extrañeza a todos los discípulos; que éstos sintieron que sólo podía servir para provocar una condena; y que esto no debería causarnos sorpresa porque Sócrates quería morir.  Que la parte del discurso del encausado que más contrarió al jurado fue la afirmación de que el Oráculo de Delfos lo había llamado el más sabio de los hombres.  Que esa aseveración causó un thorubos, un enrojecimiento de enojo, en el jurado.  Tanto, que Sócrates sintió que era necesario explicar que no estaba alardeando.



Mister Stone correlaciona lo que dice Jenofonte, con uno de los diálogos escritos por Platón, el “Fedón”, ya que allí —cuando el discípulo sugiere que Sócrates parece haber estado decidido a suicidarse— aquél lo admite implícitamente al responder con un discurso místico, hermoso, pero esencialmente disparatado, en el que arguye que el filósofo debería buscar la muerte como realización, porque sólo con ella el alma se libera del cuerpo y puede, al fin, contemplar las Ideas, eternas e inmutables. 



Quizás Jenofonte y Mister Stone tienen la razón; quizás en el discurso del “Fedón” está la clave.  Porque coincide con lo que predica Sócrates en sus últimos momentos.  Veamos cómo nos lo narra Platón: “...entonces se descubrió Sócrates, pues antes se había cubierto el rostro, y le dijo a Critón: ‘Debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda.’  Fueron sus últimas palabras.”  Con esta críptica frase, lo que quiso decir fue que había que ofrendar un sacrificio al dios de la medicina para darle las gracias por haber descubierto la cicuta, terrible pócima que, al quitarle la vida al cuerpo —tan apegado a las cosas mundanas, a lo concupiscible— le permite al alma despegar en su vuelo a unirse con la causa final



Mister Stone aporta una prueba más, quizás la más contundente, de que Sócrates quería morir.  Y se basa en que Sócrates no empleó el argumento más adecuado para la defensa: el de la libertad de expresión.  Al encausado no se le probaron actos abiertos en contra del gobierno de la polis, sólo se le enjuició por sus opiniones; por lo que dijo y enseñó a sus alumnos los últimos años de su vida.

Vale decir, se le condenó por hacer uso de la libertad de opinión, uno de los principios más altos de la democracia ateniense.  Tanto, que los griegos tenían cuatro vocablos diferentes para referirse a ella.  El más corriente era eleuteorstomos (de eleuteros, libertad, y stomos, boca)  De manera, pues, que si el discurso de Sócrates hubiera dicho: “Conciudadanos: no se ha presentado en mi contra prueba alguna; no se me ha probado un solo acto ilegal.  Me encuentro en peligro de muerte sólo por expresar mis ideas, por lo que enseño.  Por tanto, este no es un juicio contra Sócrates, sino contra las ideas y, en consecuencia, un juicio contra Atenas misma.  Como a  las ideas no se le puede obligar a beber la cicuta, ellas me sobrevivirán. Pero el nombre de Atenas quedará manchado si me condenáis violando las tradiciones.”



Sí, si Socrates hubiera invocado la libertad de expresión como un derecho básico de todos los atenienses, hubiera tocado una tecla muy sensible y el jurado lo hubiera puesto en libertad.  Pero quizás, entonces, piensa uno, no hubieran llegado hasta nosotros sus enseñanzas.  Probablemente la civilización occidental hubiera sido muy distinta.

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