Al salir de la oficina, un poco pasadas las siete de la noche del jueves pasado, puse la radio del carro. Desde las seis y media hay un programa de opinión el 107.9 que no dudo en recomendar a los lectores y que debe tener preocupada a Charito Rojas por aquello del rating. Porque lo conduce una periodista a la que le reconozco, desde 1985, muchos méritos por su inteligencia, seriedad en el tratamiento de las noticias y versatilidad en la escogencia de los temas, Marisol Pradas. Alterna con ella, algunos días, Ezequiel Aranguren, uno de los dueños de la emisora. De él, por el poco tiempo de conocerlo, no me he hecho una idea; sí debo —para ser sincero conmigo mismo— reconocer que cuando no está Marisol, el programa decae un poco. Aún así, esa emisora sigue siendo el punto del dial a sintonizar. Lo cual hice esa noche. Y conseguí un tema para mi columna. La honestidad.Y es que el entrevistado, persona que ha sido noticia toda esta semana, se refirió varias veces a esa virtud. Lo dijo de varias formas: “Yo soy honesto", “yo represento la honestidad", "de mi honestidad no se debe dudar”. Cosa que inmediatamente elevó más el alto concepto en el que lo tengo; porque eso de ser joven y honesto al mismo tiempo, vista la época en la que vivimos, me parece muy encomiable. Únicamente cuando dijo: "sólo con la honestidad de los funcionarios se logrará librar el país de la corrupción” fue que caí en cuenta: tanto el entrevistado como yo estábamos en error. Yo, porque creía que el amigo que usaba el micrófono se refería a lo que el Diccionario de la Real Academia define como: "Compostura, decencia y moderación en la persona, palabras y acciones", "recato, pudor" y "urbanidad, decoro, modestia". Él, porque pensaba que "honestidad" es sinónima de "honradez". Que era lo que quería significar: que él es honrado; que sólo la honradez de los funcionarios salvará a Venezuela.
Es común ese error. Para aclararlo, además de reseñar aquí la definición de "honradez" que trae el mataburros —"Calidad de probo", “proceder recto, propio del hombre probo”— voy proponer un símil: La honradez tiene que ver con cosas que están en el corazón y el cerebro, mientras que la honestidad se refiere a cosas que están un poco más debajo de la correa (o del cinturón, dependiendo del sexo). Por eso, en el viejo Diccionario de Autoridades, el antecedente dieciochesco del de la Real Academia , explicaba que la honestidad era: "moderación y pureza contraria al pecado de la lujuria". Y por eso, en el pasado, casi siempre se pensaba que la honestidad era una virtud típicamente femenina. De allí la sentencia de La Rochefoucauld : "Una mujer honesta es un tesoro escondido". Y si me permiten una digresión, les diré que la frase anterior trajo a mi mente el recuerdo de que los franceses, tan dados a la antífrasis irónica, denominan honnêtes filles a las prostitutas. Resumiendo: en pureza de idioma, si uno escucha que se elogia la honestidad de alguien, debe colegir que es casto y puro "en pensamientos, palabras y obras" como nos lo manda la Santa Madre Iglesia, y que cumple el sexto y noveno mandamientos; lo cual no necesariamente se refleja en la forma como obedezca al séptimo; o que el tipo no mienta, ni trampee en los negocios, ni sise del erario.
Si mi opinión es cierta, entonces Juan Pablo II es honesto y honrado —-por un lado, se mantiene célibe y honra sus votos; por el otro, maneja con pulcritud la riqueza de la iglesia— y Clinton, según dicen por ahí no es honesto —parece que el tipo toda la vida ha sido bragueta alegre, ¿con el conocimiento de su sagaz mujer, últimamente?— ni honrado, porque en su pasado hay indicios muy fuertes de que aprovechó su anterior cargo para obtener préstamos y hacer negocios raros con unas tierras. Entre esos extremos hay un continuo de conductas. Parece que Samper es honesto y doña Nidia nada tiene que reprocharle, ¿pero, honrado? ¡Mamola!, como dicen sus paisanos. Miterrand fue honrado en el manejo del erario galo, pero a la hora de su entierro se presentaron su querida y su hija adulterina; o sea, que muy honesto no fue. Y si por allá sopla, por aquí ventea...
En fin, yo soy de los que creen que nuestros gobernantes deben ser, sine qua non, honrados. Si, además, son honestos, ¡más flores pa' Maria! Lamentablemente —y si uno se guía por los diretes de la historia miraflorina— esto último, que es sólo deseable, como que es más difícil que lo primero. Cómo será, que hasta a San Rafael le corrieron un cuento con una locutora ¿uruguaya?, ¿argentina?, en su primer mandato. En esa antología parece que los presidentes gochos son los de la cintura más aceitadita: Castro, con su encendida rijosidad que exigía muchachitas en palacio todas las noches; Gómez, con sus numerosos hijos en varias mujeres; Medina, con sus revolcones con las tipas de "El Trocadero; Pérez Jiménez, con su motoneta persiguiendo a la Lollobrigida por La Orchila. Y siendo los más recatados —y, por tanto, quedando muy mal parados en el altar del machismo criollo, los llaneros: José Antonio Páez, que era monógamo por turnos; Joaquín Crespo, a quien no se le conoció ni uno. Tanto, que merece el viejo cognomento de “fósforo sueco"; no se inflama sino cuando raspa en su propia cajita...
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